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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 260

Detrás de la puerta, el camarero se pegó a la pared y escuchó durante un buen rato, con una sonrisa satisfecha en el rostro.

Encargarse de ese asunto que la señora Sabrina le había pedido, se le daba por cumplido.

Justo cuando giraba la llave para marcharse, al darse vuelta, vio acercarse tambaleándose a una mujer vestida con poca ropa y maquillaje impecable.

El rostro de la mujer estaba completamente sonrojado, su respiración agitada, y a simple vista se notaba que no estaba nada bien.

El camarero se apresuró a detenerla.

—Señorita, aquí es zona privada del señor Boris, no puede pasar, por favor retírese.

Fátima se sostuvo de la pared mientras jadeaba.

—Yo vengo a ver al señor Boris. La señora Sabrina debió avisarte, ¿o no?

El rostro del camarero cambió al instante; por reflejo echó un vistazo a la habitación y luego, nervioso, clavó la mirada en la joven delante de él.

—¿Usted… es la señorita Fátima?

¡Qué desastre! ¿Había confundido a la persona?

Pero la señora Sabrina fue clara: a esta hora, la única autorizada para subir era la señorita Fátima. ¿Cómo era posible que de pronto hubiera dos mujeres?

Si ella era Fátima, ¿quién demonios acababa de entrar a la habitación?

Fátima aspiró hondo, tratando de calmar el ardor que sentía en su cuerpo.

—¿Vas a seguir perdiendo el tiempo? El señor Boris está ahí dentro, ¿verdad?

El corazón le latía con fuerza. Para esta noche, se había preparado de sobra.

No solo había hecho que su madre arreglara el asunto del incienso en la habitación, también bebió un licor especial con efectos añadidos.

A fin de cuentas, ¿no era el señor Boris un hombre apasionado? Hoy, estaba decidida a conquistarlo.

—Señorita Fátima…

El camarero ya sudaba frío. Si la señora Sabrina se enteraba de que él metió a una desconocida y luego cerró la puerta con llave, no la contaba.

A Fátima poco le importó el pánico del camarero. Ya había acomodado su vestido y el cabello, respiró hondo dos veces frente a la puerta y alzó la mano para tocar.

No hubo respuesta.

Frunció el ceño y le habló al camarero, con voz cortante:

—Ven y abre la puerta.

El camarero, tembloroso, apenas pudo balbucear.

¿La mujer con el señor Boris… era ella?

Fátima no lo podía creer. Jaló al camarero por la camisa y lo encaró, furiosa.

—¿Mi mamá no te dijo que antes de que yo entrara no dejaras pasar a nadie?

—Yo… yo solo soy un empleado, ¿cómo iba yo a llevarle la contraria al señor Boris?

No alcanzó a terminar la frase cuando varios hombres de traje negro irrumpieron corriendo por el pasillo. Uno de ellos gritó con voz potente:

—¡Agárrenlos!

El camarero intentó huir, pero no había dado ni dos pasos cuando los guardias lo tumbaron al piso.

Fátima, en cambio, ya no podía ni moverse. El efecto de la bebida la tenía completamente derrotada y apenas si podía mantenerse de pie.

Fuera de sí, se abrazó al guardia más cercano, suplicando entre jadeos.

—No aguanto más… tengo calor… señor Boris, por favor, llévame con el señor Boris…

El guardia, con expresión imperturbable, la apartó, sacó unas esposas de la cintura y, con un clic seco, le aseguró las muñecas.

—El señor Lázaro lo advirtió: cualquiera que cause problemas aquí en la puerta, va directo detenido.

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