Karina apenas se sostenía.
Esa pose de mujer fuerte que mostraba frente a los demás, se desmoronó en cuanto puso un pie en la oficina.
Casi se dejó caer en la silla de cuero, el cuerpo entero desfallecido.
La espalda... le dolía como el demonio.
Ese hombre no era humano, sino una bestia llena de energía.
En Grupo Galaxia no tenía un puesto oficial, pero desde que recuperó sus acciones, le habían asignado una oficina propia en el último piso, no muy lejos de la oficina del presidente.
Alzó la vista y le ordenó al guardia de la puerta:
—Ve y dile al señor Tomás que venga a verme.
Tomás había estado enviándole mensajes, presionando porque decía tener algo urgente que tratar, pero Karina no tenía ni la menor intención de moverse un centímetro más.
No había pasado ni un minuto cuando tocaron la puerta.
Tomás entró.
Vestía un traje gris perfectamente ajustado, con una mirada aguda y serena; todo en él irradiaba ese aire de ejecutivo exitoso.
Karina lo miró con desgano, apenas alzó los párpados; ni pensó en levantarse para saludarlo.
Recostada en la silla, preguntó:
—¿Qué pasa que tenías que hacerme volver a la empresa de inmediato?
La mirada de Tomás se detuvo en ella, y enseguida en esas marcas rojizas que ni el mejor maquillaje lograba ocultar en el cuello tan pálido de Karina.
Arrugó la frente, y su voz tembló por la sorpresa:
—¿De verdad fuiste tú la que anoche se metió en la suite del señor Boris?
Avanzó un paso, como si no pudiera creerlo.
—¿Y él no solo no te mandó directo a la Legión Fantasma, sino que además... se fue contigo a la cama?
Karina frunció el entrecejo; el aire relajado en sus ojos se volvió de piedra en un instante.
—Si me llamaste solo para confirmar este chisme absurdo, puedes irte de una vez.
Después, levantó la voz hacia la puerta:
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