—Con una cintura así de delicada, creo que sí me pasé... La próxima vez seré más cuidadoso —murmuró Lázaro con un tono entre culpable y divertido.
Karina, totalmente avergonzada, le lanzó una mirada de reproche y enseguida, con las mejillas ardiendo, se volteó para ocultar la cara.
—También me duelen las piernas. Masajéame un poco más abajo —ordenó en voz baja, como si le costara admitirlo.
Lázaro obedeció sin chistar, bajando las manos con delicadeza.
Pero no había pasado ni un minuto cuando Karina empezó a retorcerse de la risa. Sentía cómo una corriente eléctrica le recorría la piel.
—¡Ya, ya basta! —exclamó, deteniéndolo de inmediato—. Me estoy quedando dormida, de verdad quiero dormir.
Apenas él apartó las manos, notó que el colchón a su lado se hundía todavía más.
Lázaro se acomodó junto a ella y, de un solo movimiento, la atrajo por completo hacia su pecho; luego jaló la cobija y los cubrió a ambos.
Karina ya no se molestó en resistirse.
Tal vez era la seguridad de ese abrazo, o tal vez el masaje había funcionado como remedio mágico, porque no tardó nada en quedarse dormida. Su respiración se volvió tranquila, profunda, como si flotara en un sueño de algodón.
Lázaro, en cambio, no pudo conciliar el sueño.
De costado, aprovechando la tenue luz que se colaba por la ventana, se dedicó a explorar cada detalle de su rostro.
Las cejas, delgadas y suaves, parecían dibujadas con un pincel finísimo.
Sus pestañas, largas y tupidas, recordaban a dos pequeños abanicos que dejaban una sombra ligera bajo los ojos cerrados.
La nariz, redondeada, mostraba en el perfil una curvatura suave con un toque infantil, de esos que provocan ganas de pellizcarla.
Y esa boca... siempre jugosa, siempre llena, como si no dejara de invitarlo a probarla, a perderse en ella.
En ese instante, Karina dormía con una paz tan pura que resultaba enternecedora, completamente abandonada en sus brazos.
Se parecía a un conejito blanco, de esos que uno encuentra en el campo, panza arriba, dormido sin temor en la palma de la mano del cazador.
Pasó un buen rato así, hasta que, de repente, soltó un suspiro, la apretó con más fuerza y, solo entonces, cerró los ojos.
...
A la mañana siguiente, Karina no había terminado de entrar a la habitación de su madre cuando Jimena la interceptó y la jaló aparte.
—Señorita, Fátima volvió a ingresar anoche —le murmuró Jimena, conteniendo una sonrisa de satisfacción—. Dicen que esta vez llegó muy malherida, sin conocimiento. Tardaron más de tres horas en salvarla.
Karina sintió una punzada, tenía ganas de preguntar más, pero la duda la detuvo.



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