Karina regresó a la habitación y se encontró con varias porciones de desayuno perfectamente acomodadas sobre la mesa.
Yolanda le señaló la mesa con una sonrisa ligera.
—Tu esposo las trajo. Se lució, ¿eh? Hasta te compró avena con calabaza, y también tamales, tus favoritos. Pero parece que andaba apurado, dejó todo y se fue en un dos por tres.
Karina apenas asintió con un —Oh—, mientras empezaba a desenvolver los empaques del desayuno con movimientos tranquilos.
Yolanda ya no entendía nada de esa pareja. Decidió cambiar de tema y preguntar algo más importante.
—¿Ya puedo irme a casa a descansar tranquila?
Karina cerró los labios un instante, pensativa.
—En un rato le pido a Lázaro que hable con la doctora Eloísa. Cuando ella dé el visto bueno, ya podrás salir.
Jimena, que estaba a un lado, de pronto se mostró inquieta.
—Señorita, de verdad debería tener más cuidado con la doctora Eloísa. No sé, pero la forma en que mira a su esposo no me parece normal. Siempre busca pretextos para acercarse y platicar con él, dizque para comentar su estado de salud, pero esos ojos ni se le despegan de encima.
Karina se detuvo apenas un segundo con la cuchara de avena en la mano, sorprendida.
Así que Eloísa era tan obvia con sus intenciones que hasta Jimena se había dado cuenta.
Seguramente su mamá también lo notó.
Ella solo respiró hondo y contestó con el mismo tono apacible de siempre.
—Jimena, mamá, la doctora Eloísa y Lázaro pertenecieron al mismo escuadrón, son amigos desde hace tiempo. Si de vez en cuando platican, es normal.
Además, por el modo en que Eloísa habló ese día, tal vez incluso habían pasado juntos por situaciones de vida o muerte.
Una amistad forjada en esos momentos no se desvanece, y aunque a veces estén solos o platiquen aparte, ¿qué podía decir ella? ¿Con qué derecho podría reclamar?
Terminando el desayuno, Karina sacó la laptop y la conectó al celular con el cable de datos.
En la pantalla apareció al instante la interfaz de programación, líneas y líneas de código complicadísimo.
Aquella mañana, la razón de su enojo no era solo por cuestión de privacidad.
Dentro de ese celular guardaba información valiosísima de sus proyectos.
Después de haber sufrido dos robos, ya tenía cicatrices en el alma.
Si alguien intentaba tocar su celular o la computadora, no podía evitar ponerse a la defensiva, incluso si se trataba de Lázaro.
Aunque, siendo sinceros, Lázaro no tenía motivos para meterse con sus programas.
Tal vez… ¿solo quería cambiarle el apodo a uno más infantil?

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