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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 302

Belén le sonrió a Karina con complicidad, sin dar más explicaciones, y luego se volvió hacia los guardaespaldas, despidiéndolos con un gesto.

—Listo, ustedes pueden irse. Dejen a su querida señorita Karina conmigo, no se preocupen, está en buenas manos.

Rodrigo asintió y encendió el carro, alejándose de la entrada.

El Bentley blanco apenas se despidió de la zona residencial cuando Valentín seguía ahí, sin intención de moverse.

Su Maybach estaba estacionado junto a la banqueta, con las luces apagadas. Apoyado contra la puerta, alto y elegante, sostenía un cigarro entre los dedos. El resplandor rojizo de la brasa parpadeaba en la penumbra del Club Estrella Dorada.

El Bentley pasó a toda velocidad junto a él.

Valentín no apartó la mirada del carro. Sus ojos, oscuros y encendidos, brillaban aún más rojos que la brasa de su cigarro.

Le dio una calada profunda. El humo áspero le quemó el pecho, pero ni así pudo calmar la tormenta que sentía por dentro.

...

Mientras tanto, Karina seguía a Belén hasta el elevador.

El estómago le daba vueltas. Se apoyó contra la pared de acero y preguntó, sin entender:

—¿Y tú por qué te mudaste de repente? ¿Tus papás te dejaron?

Después de todo, los padres de Belén siempre la habían tenido bajo vigilancia. Hace unos años, hasta llegaron a ponerle guardaespaldas para que no se escapara al pueblo a buscar a sus padres adoptivos.

Belén se encogió de hombros.

—¿Y qué otra opción tenían? Si la niña consentida ya regresó, ¿qué sentido tiene que yo siga en esa casa estorbando a su familia perfecta? Me mudé y seguro hasta les hice un favor.

Mientras hablaba, avanzó en su patineta eléctrica, acercándose a Karina con actitud misteriosa.

—Y además, esta casa ni la compré yo. Me la regalaron. Casi cuatrocientos metros cuadrados de pura chulada, ¿qué tal?

A Karina se le escapó el nombre enseguida.

—¿Sebastián?

—¡No, no, no! —Belén agitó el dedo, divertida—. ¿Sebastián? Ni en sueños. Ese ni aunque le ruegue me regala algo así. No suelta ni un peso.

Un “ding” anunció la llegada al piso.

El elevador se abrió mostrando un corredor elegante; solo dos departamentos por piso, privacidad total.

Belén, siempre sobre su patineta, se deslizó veloz hasta la puerta, desbloqueándola con su huella. La puerta se abrió de inmediato.

—Pásale, quédate aquí esta noche. Mañana te enseño lo que es un departamento con la mejor vista de Villa Quechua.

Pero Karina palideció, llevándose una mano a la boca.

—¿Dónde está el baño? Voy a vomitar.

Belén se quedó quieta un segundo, luego reaccionó y la llevó casi corriendo al baño.

—Él tiene un problema grave con la limpieza. Si rompió el compromiso, seguro es porque no toleró que Fátima ya no fuera “pura”.

—Si no pudo con Fátima, menos conmigo.

No era ningún secreto que Valentín había presenciado, más de una vez, las huellas que Lázaro había dejado en su cuerpo, y ella nunca lo negó.

Valentín no solo era obsesivo con la limpieza. Su manía era enfermiza, y su necesidad de poseerlo todo lo volvía aún más insoportable.

Hasta un simple apretón de manos con otro hombre bastaba para que él le lavara las manos con desinfectante hasta diez veces.

Karina estaba convencida de que Valentín era incapaz de dejar atrás sus obsesiones.

Así que si esa noche se empeñó en fastidiarla, seguro era por otra razón.

—Fátima quiere salir adelante y la única forma es volverse discípula del profesor Víctor. Apostaría a que Valentín quiere que yo me salga del concurso de IA a fin de año, así Fátima tiene una rival menos.

—Él es así, carga la culpa hasta volverse loco, y seguro cree que ayudando a Fátima compensa el daño que le hizo.

Belén, furiosa, no pudo evitar alzar la voz.

—¿Pero qué le pasa? ¿Él toma la decisión de romper y ahora encima te quiere poner trabas? ¿Por qué te tiene que arrastrar en sus dramas?

Karina forzó una sonrisa, amarga.

—Supongo que… ya me acostumbré.

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