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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 329

La abuela siguió la dirección de su mirada y, al girar la cabeza y ver a Karina, su cara surcada de arrugas se iluminó al instante con una sonrisa tan radiante como una flor de cempasúchil en pleno Día de Muertos.

—¡Ay, Kari! —exclamó con entusiasmo, extendiendo los brazos—. ¿Cuándo llegaste? Ven, acércate, deja que la abuela te vea bien. ¿No has adelgazado otra vez?

Karina le regaló una sonrisa apacible y, obediente, dejó que su mano quedara envuelta por el calor de la palma de la abuela.

—Abuela, para nada. De hecho, últimamente hasta he subido de peso.

—¿De veras? —La abuela la jaló suavemente, examinándola con detenimiento y asintiendo complacida—. Sí, sí, tienes razón, se te ve la cara más llenita. Y hasta te ves más bonita así.

Entre ese ambiente de calidez y alegría, la voz de Francisco irrumpió de repente, cortando el momento.

—Señorita Karina, desde que entró la he visto mirando para todos lados. ¿Está buscando a alguien?

El corazón de Karina dio un brinco, y algo apenada, optó por decir la verdad.

—No es nada. Es solo que, cuando estaba afuera, creí escuchar una voz conocida… tal vez solo lo imaginé.

Francisco esbozó una leve sonrisa y, por dentro, suspiró resignado.

¿Conocida? Por supuesto que le resultaba conocida.

Al final de cuentas, Lázaro venía de esa especie de campo de entrenamiento infernal, de donde solo salían verdaderos monstruos.

Cambiar de voz, imitar sonidos... para ellos, era casi instintivo.

Para que “Boris” existiera en este mundo, él no solo adoptó otra apariencia y hábitos, sino que hasta su voz la había convertido en una copia exacta.

Siempre podía pasar de Lázaro a Boris en un abrir y cerrar de ojos.

Seis años, sin fallar ni un día.

Esa obsesión rayaba en la locura.

Pero fue precisamente esa locura la que logró engañar a todos los rivales del Grupo Juárez, siempre acechando como hienas.

Nadie jamás sospechó que el verdadero Boris había muerto hacía ya diez años.

Pensando en eso, Francisco volvió a mostrar su habitual expresión serena y amable.

—Entonces seguro fue una confusión —comentó con un tono tranquilo—. Aquí solo estamos la abuela y yo.

La abuela, por su parte, no prestó atención a la conversación. Aferrada a la mano de Karina, irradiaba la emoción de una niña con juguete nuevo y, casi presumiendo, dijo:

—¡Kari, ven, te voy a enseñar algo bien divertido!

Capítulo 329 1

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