En ese momento, Lázaro por fin habló. Su voz era grave, pero tenía un timbre que atrapaba la atención de todos.
—Profesor Víctor, buenas tardes a todos. Soy Lázaro, la pareja de Karina.
—Hubo un pequeño contratiempo en el camino, así que llegué tarde. Les pido una disculpa.
Asintió ligeramente, recorriendo con la mirada a cada uno de los presentes, hasta que sus ojos se detuvieron en Víctor. Su actitud era humilde, pero sin perder la dignidad.
—Karina siempre me ha hablado de usted, que es el maestro a quien más respeta. Perdón por presentarme así, sin avisar, espero que no sea una molestia.
Sus palabras, tan medidas y corteses, cayeron muy bien entre todos, y de inmediato el ambiente se volvió más cordial.
—Bueno, ya que estamos completos, ¡es hora de comer! —exclamó Víctor, haciendo un gesto con la mano y dirigiéndose primero hacia el comedor.
Octavio, que parecía sentirse en confianza, rodeó a Lázaro por los hombros y, guiñándole un ojo, le preguntó:
—Oye cuñado, con esa pinta que tienes, ¿de verdad eres bombero? La neta, podrías ser actor o modelo fácil. ¿Nunca lo has pensado? Tengo un amigo que…
Antes de que pudiera terminar, Lázaro le retiró el brazo con tranquilidad.
—Octavio —dijo con tono calmado—, ser actor es vivir bajo los reflectores y disfrutar que todos te admiren.
—Pero ser bombero es correr hacia el peligro, entrar en medio del fuego y, cuando la gente ya perdió toda esperanza, darles una oportunidad de vivir.
—Para mí, eso vale mucho más que cualquier fama.
Las palabras de Lázaro hicieron que Octavio se quedara callado, un poco avergonzado. Se frotó la nariz y de inmediato pensó que su comentario había sido superficial.
Víctor, que iba adelante pero no perdía detalle, de pronto soltó un bufido y, sin mirar atrás, le soltó una lección:
—¿Ya oíste, Octavio? A ver si aprendes algo.
—¡Muchacho! Deja de pensar en tonterías que no sirven. Lo más importante es tener los pies en la tierra y saber lo que uno quiere.
Octavio agachó la cabeza y no se atrevió a replicar.
Todos caminaron entre risas y bromas hacia el comedor. El ambiente era animado y relajado.
...
—Oye, Karina —llamó Beatriz apurando el paso, y con confianza se colgó de su brazo para llevársela hasta el final del grupo—. Te quiero decir algo en privado.
Karina la miró de reojo y asintió con suavidad.
Beatriz, algo apenada, bajó la voz, pero no perdió su franqueza habitual.
—El maestro tenía razón. La verdad, me dejé llevar por rumores y juzgué sin conocerte. Aunque sé que no me guardas rencor, yo no puedo quedarme con esto dentro. Me siento bastante culpable.
—Beatriz —dijo en voz baja—, supe lo que te pasó.
La sonrisa de Beatriz se desvaneció poco a poco.
Karina la miró de frente, hablando con serenidad.
—A decir verdad… tú y yo nos parecemos. Conocí a mi ex desde niños, nos gustábamos, y cuando cumplimos dieciocho, empezamos a salir.
—Si cuento desde que éramos amigos, llevamos juntos casi tanto tiempo como tú con tu esposo.
—Sé muy bien lo que duele una traición así.
—Pero cuando un hombre te falla, aunque insistas, es imposible volver a lo de antes.
—Siempre he creído en una cosa: si alguien te traiciona una vez, no merece otra oportunidad.
—Somos jóvenes aún, y hay muchos hombres buenos allá afuera. Seguro llegará alguien mejor.
Apenas terminó de hablar, Beatriz retiró su brazo y la miró con seriedad.
—¿También quieres convencerme de que me divorcie?

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