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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 345

Belén apenas podía contener el llanto mientras le contaba a Karina aquella historia que había mantenido oculta durante tantos años.

En la sala, el volumen de las caricaturas había bajado sin que nadie se diera cuenta. Lázaro tenía a Javier en su regazo, abrazándolo con fuerza, mientras el niño miraba a Karina con ojos grandes y llenos de preocupación.

Karina escuchaba en silencio, con la vista empañada por las lágrimas.

Resultaba que antes de conocer a Gonzalo, su madre había conocido primero a Yago.

Se toparon por casualidad en la entrada de la universidad, entre el bullicio de la multitud. Ambos llevaban en el corazón sueños de tecnología, y bastó una mirada para reconocerse como almas afines.

No solo se inscribieron en el mismo grupo estudiantil.

Bajo el sol abrazador de los entrenamientos de bienvenida, su madre sufrió un golpe de calor y se desmayó. Fue Yago quien la levantó en brazos y corrió con ella hasta el consultorio, sin preocuparse por nada más.

En los dos años siguientes, se volvieron inseparables.

Pasaban tardes enteras en la biblioteca, hacían experimentos juntos, y hasta crearon un robot que ganó el primer lugar en una competencia nacional; nadie en la universidad dudaba de que formaban una pareja.

Sin embargo, ese cariño, aunque intenso, siempre se mantuvo en la sombra. Ninguno se atrevió a confesarlo, pero ambos daban todo por el otro.

La desgracia comenzó con la llegada de Sabrina.

Ella era una muchacha que había salido adelante gracias al apoyo de Yolanda, pero llegó a su lado comportándose como una fiel ayudante, cuidándola en todo momento.

Muy pronto, Yolanda la consideró su mejor amiga.

Sabrina la llevó a comer en puestos callejeros, la animó a probar cosas nuevas que como hija de familia adinerada jamás había experimentado. Fue así como terminó presentándole a Gonzalo, quien trabajaba medio tiempo en una parrillada.

Sabrina no paraba de hablarle maravillas de Gonzalo: que era guapo, inteligente, con excelentes calificaciones y metas muy altas, a pesar de venir de una familia humilde.

Y en ese entonces, Gonzalo no solo era brillante, sino también muy atractivo.

No tardó nada en lanzarse a conquistar a Yolanda con una intensidad arrolladora.

Le cantaba serenatas bajo la ventana de su dormitorio, formaba corazones con cientos de velas, y no hubo cliché romántico, por más barato que fuera, que no pusiera en práctica.

Ese amor tan abierto y escandaloso sacudió a Yolanda, quien hasta entonces solo había conocido el cariño tímido y prudente de Yago. También hizo que Yago sintiera que algo estaba por perderse.

Por fin, Yago se le declaró.

Dos personas que podían haber tenido el mejor de los futuros quedaron empujadas, a la fuerza, hacia abismos opuestos. Y se perdieron para siempre.

Belén se sonó la nariz, todavía con la voz quebrada.

—En aquel entonces, las cosas no eran tan simples como ahora. La reputación de una chica valía más que cualquier cosa.

—El profesor que le daba clases a tu madre decía que, después de que todo eso se supo, ella se vino abajo. Se deprimió tanto que tuvo que dejar la universidad un año entero.

—Después… después, supongo que, al sentirse completamente derrotada, terminó cediendo y aceptó casarse con tu papá, ese desgraciado.

Belén soltó un suspiro pesado, con un dolor que se sentía en cada palabra.

—Supongo que el señor Yago, al saber que tu mamá la estaba pasando tan mal, se sintió culpable por no poder hacer nada desde el extranjero.

—Por eso no se atrevió a ir al hospital. Cuando se enteró de que tu mamá se iba a casar, simplemente… armó su vida allá afuera, con la primera persona que encontró.

—Pero el año pasado se divorció, y este año acaba de regresar al país. Kari, dime, si vuelven a dejar pasar esta oportunidad, ¿no sería como si Dios estuviera ciego?

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