Hugo levantó tres dedos con rapidez, jurando con una seriedad casi religiosa.
—Señorita Karina, lo que usted diga, eso hago. ¡No me importa lo que sea!
—Si algún día llego a traicionarla, que no me vaya bien en la vida, ¡se lo juro!
—Ya basta —Karina frunció el ceño, se acercó y lo ayudó a levantarse—. Por ahora, hagas lo que te pidan, como siempre.
Cuando Hugo se puso de pie, la preocupación se le notaba en la cara.
—Pero señorita Karina… su sistema… yo ya lo…
—No pasa nada. Si ella te pide que hackees, lo haces.
—No te preocupes por lo demás. Solo coopera, haz lo que te pida.
—Lo único que necesito es que me avises antes de cualquier cosa que vayan a hacer —añadió con voz firme—.
Hugo escuchaba con atención, asintiendo con fuerza.
Karina se volvió hacia el escritorio y posó la mirada en la bolsa sellada que contenía unos cabellos suyos.
¿Para qué querría Sabrina esto?
¿Será que pretende hacer una prueba de paternidad?
Mordió su labio y le extendió la bolsa a Hugo.
—Entrégasela, como siempre.
—De paso, trata de averiguar para qué la quiere. Si no logras descubrir nada, no importa; lo principal es que no te descubran.
—Señorita Karina… —Hugo tomó la bolsa, con la mano temblorosa—. Gracias por seguir confiando en mí. Yo… yo…
Ver a ese hombre hecho y derecho al borde de las lágrimas le resultó incomodo a Karina.
—Ve a la cocina y agarra una botella con agua fría, ponte un poco en la cara para que baje la hinchazón. No dejes que te vean así.
Hizo una pausa, endureciendo el tono.
—Y ya no hace falta que sigas con ese drama. Yo solo me fijo en lo que hagas, no en lo que digas.
Hugo asintió con solemnidad, apretando la bolsa con fuerza antes de salir de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, Karina al fin pudo respirar tranquila. Tomó su celular y marcó un número.
—Sigan vigilando a Hugo.
Aunque estaba casi segura de que esta vez él realmente estaba de su lado, no podía confiar del todo en alguien que ya la había traicionado una vez. Por más juramentos que hiciera, nunca podría confiar en él al cien por ciento.
A Karina se le encendió una idea.
—Espera, quiero una más.
—¿Cuál?
—Fátima y Gonzalo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, y luego Belén chilló, como si acabase de ver la luz.
—¡Kari! ¡Esa sí que está buena! ¡Va a funcionar!
Apenas colgó, Karina fue con Javier directo a la casa. Todo salió fácil y enseguida consiguió unos cabellos.
Después, se dirigió al hospital.
Al llegar, Lázaro acababa de llegar también, cargando una bolsa llena de frutas frescas.
Adentro de la habitación, el ambiente era alegre, lleno de risas y bromas.
Javier, con su chispa habitual, tenía a Yolanda y Jimena a carcajadas.
Karina y Lázaro se miraron y salieron en silencio hacia el balcón.

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