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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 511

Karina empujó la puerta del carro y bajó con paso firme.

Su voz sonó distante, como si una pared invisible se interpusiera entre ellos.

—Si tienes algo que decir, dilo aquí mismo.

Lázaro no dudó ni un segundo. Tomó una bufanda de lana del asiento trasero y se acercó a ella con determinación.

El viento cortante les golpeaba el rostro, pero él, sin pedir permiso, envolvió la bufanda alrededor del cuello de Karina, protegiéndola del frío.

Después, cubrió sus manos con las suyas, atrapando la calidez de sus dedos en su propia palma.

Karina, sin pensarlo, se aferró a su brazo y se recargó suavemente en él, como si ese refugio fuera su lugar natural.

Valentín no apartó la mirada de sus manos entrelazadas. Era como si miles de agujas se le clavaran en el pecho, llenando su corazón de un dolor punzante.

Sabía que no podía apresurarse.

Si quería recuperarla, debía mostrarle que había cambiado.

Después de todo, habían crecido juntos y compartido más de veinte años de historia. ¿Cómo podía ese hombre, que apenas había aparecido hace unos meses, competir con lo que ellos tenían?

Tratando de dominar el torbellino de emociones, Valentín forzó una sonrisa apacible y miró a Karina.

—Sé que solo viniste por respeto a la familia, pero mi papá... temo que vaya a pedirte algo fuera de lugar.

Se inclinó hacia ella, tratando de reconectar con el cariño de antaño.

—No tienes que hacerle caso, ni preocuparte por lo que pueda decirte o pedirte.

La miró con intensidad, como si quisiera recordarle todos los momentos compartidos.

—No lo olvides: siempre voy a estar aquí para ti.

Lázaro frunció el ceño y, sin soltarle la mano a Karina, la cambió de lado. Con el otro brazo, la rodeó por los hombros, acercándola aún más a su pecho. Su gesto no dejaba lugar a dudas: ella era su esposa, y nadie más tenía cabida en ese espacio.

—No se preocupe, señor Valentín. Mi esposa no necesita que usted se inquiete por ella —espetó Lázaro, dejando claro que no aceptaría injerencias.

Karina sostuvo la mirada de Valentín, su tono tan distante como resuelto.

—Valentín, ahora estoy casada. Quiero pedirte que no sigas haciendo cosas que puedan dar pie a malentendidos entre mi esposo y yo.

Al terminar la frase, Karina levantó la vista hacia Lázaro y le habló en voz baja, con ternura.

—Vámonos.

—Claro.

Lázaro la sujetó y ambos se dirigieron juntos hacia el edificio donde preparaban bebidas calientes.

Valentín los vio alejarse, sus figuras perdiéndose entre la bruma del viento. Sintió que la sangre se le revolucionaba y, de la rabia, le dio una patada al borde de la jardinera que tenía al lado.

Frunció levemente el entrecejo, dejando asomar una pizca de disgusto.

—Esta muchacha siempre tan precavida —pensó para sí.

Karina fingió no notar el cambio en su expresión y esbozó una sonrisa cortés.

—Señor Sergio, él es mi esposo, Lázaro.

Ambos tomaron asiento frente a Sergio.

Lázaro, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la silla, asintió con la cabeza a modo de saludo. Su actitud era tranquila, pero su presencia llenaba el espacio, como una montaña que protege a quienes se resguardan a su sombra.

Sergio volvió la mirada a Karina y habló con amabilidad.

—Karina, felicidades. Te luciste en el último concurso de inteligencia artificial. Ahora eres una nueva estrella internacional de la tecnología.

Hizo una pausa, tomándose su tiempo antes de preguntar:

—¿Qué esperas para el futuro?

—No tengo grandes ambiciones, no pienso tan lejos —respondió Karina, con voz serena—. Solo quiero mantenerme firme y seguir avanzando paso a paso.

Miró a Sergio, y una luz sincera cruzó sus ojos.

—Lo único que deseo es... que este examen de ingreso a la maestría me salga bien.

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