Olivia se sentó con cierta timidez al borde del sofá, asintiendo con la cabeza.
—Sí, fui varias veces a Grupo Galaxia, pero nunca logré verla. Ya no supe qué más hacer.
Soltó una sonrisa apenada.
—Escuché que a veces pasa por Subasta Eminente y pensé en venir a probar suerte. ¡No esperaba que de verdad estuviera aquí!
Apenas terminó de hablar, sacó un folder de su bolso y lo extendió con ambas manos, mostrando una actitud humilde y sincera.
—Señorita Karina, tengo un proyecto para apoyar a los agricultores que necesita implementar el Sistema Firmamento para lograr una innovación tecnológica. ¿Podría regalarme unos minutos para revisar mi propuesta?
Karina tomó el folder sin dudar.
El corazón de Olivia latía con fuerza, tan alto que sentía que se le iba a salir por la garganta.
Por sacar adelante este proyecto, había recorrido cada rincón de Grupo Galaxia. Desde los gerentes de área hasta el presidente, tocó todas las puertas.
Pero todas las respuestas fueron negativas, sin excepción.
¿Apoyar al campo? Solo escuchar eso hacía que todos pusieran cara de pocos amigos. Nadie veía ganancias ahí, solo problemas y trabajo sin recompensa. ¿Qué inversionista querría tirar su dinero en un pozo sin fondo?
Hace unos días, sin embargo, vio una entrevista en la que apareció Karina.
La mayor accionista de Grupo Galaxia, fundadora del Sistema Firmamento y creadora del sistema AeroVista.
Cuando descubrió que aquella joven que había donado de manera desinteresada el sistema nacional de bienestar “AeroVista” era la misma Karina, la esperanza, que ya creía extinguida, volvió a encenderse en su pecho.
Una persona capaz de crear AeroVista no podía ser alguien que solo pensara en ganancias rápidas y pequeñas ventajas.
La señorita Karina… quizás era su única oportunidad.
Si ella también le daba la espalda, el proyecto estaba muerto.
Olivia observó con nerviosismo cómo Karina abría la primera página de la propuesta. Hasta dejó de respirar por un instante.
Pensaba que Karina solo le echaría un vistazo superficial, por compromiso.
Pero no fue así.
Karina revisó cada página con atención, pasando las hojas con sus dedos delgados sin perder la concentración, como si estuviera evaluando un contrato de miles de millones de pesos.
—Señorita Karina, tiene razón, soy la hija mayor de los Acosta, pero crecí en el rancho de mi abuelo.
—Sé perfectamente lo duro que trabajan los campesinos bajo el sol, dejando la vida en la tierra. Algunos logran que sus hijos lleguen a la universidad, pero muy pocos quieren volver a trabajar el campo.
En su voz se mezclaban compasión y una rebeldía latente.
—Ahora todo lo que comemos viene de la producción en masa, verduras y frutas bonitas pero llenas de químicos. Se ven bien, pero no son sanas.
—Hoy todos quieren meterse en finanzas, en tecnología, en comercio digital. El mercado está saturado, a punto de explotar. Pero nadie voltea a ver lo más importante: la agricultura. Ningún profesionista quiere regresar ahí.
Alzó la cabeza y miró a Karina con determinación, con los ojos encendidos por la fe en sus ideales.
—Por eso quiero hacer este proyecto, y tengo tres razones.
—Primero, quiero que la gente que más se esfuerza pueda ganar dinero y vivir con dignidad.
—Segundo, quiero que en la ciudad podamos comer algo realmente sano, sin miedo.
—Tercero… —hizo una pausa— quiero demostrar que el verdadero valor de los negocios no está solo en perseguir modas. Volver a lo esencial también puede crear algo grandioso.

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