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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 544

El sonido del agua en el baño se detuvo enseguida.

Lázaro envolvió a Karina en una toalla y la cargó en brazos.

La llevó hasta el banquito frente al tocador, la sentó con cuidado y, tomando el secador de cabello, comenzó a pasar sus manos grandes y firmes por entre los mechones suaves de ella, moviéndose con una paciencia y delicadeza que contrastaban con su aspecto.

Mientras tanto, él apenas se frotó el cabello corto y mojado con la toalla, sin prestarle mucha atención.

Apenas terminó de secarle el cabello, casi sin poder esperar, apagó el secador, la tomó de nuevo entre sus brazos y la depositó suavemente sobre la cama.

El colchón se hundió profundo bajo el peso de ambos.

Lázaro se inclinó sobre ella, pero no se apresuró a tomarla. En lugar de eso, empezó a besarla despacio, cubriéndola de besos diminutos y continuos.

Pasó de su frente a la punta de su nariz, luego hasta la comisura de los labios...

La besó con tanta ternura que cada roce parecía borrar las heridas invisibles que quedaban entre ellos.

Karina sentía la tensión en los músculos de él, una fuerza contenida y asombrosa, pero lo que él le regalaba era puro cuidado, una dulzura que envolvía cada instante.

En ese momento, la inquietud y la distancia que se habían instalado en su pecho parecieron disolverse bajo la ola de esa ternura, como si no quedara rastro de ellas.

La unión de sus cuerpos logró cubrir, aunque fuera por un rato, las grietas en el corazón, dejando solo el instinto más básico y el deseo de perderse juntos.

Lázaro no olvidó ni un instante que Karina tenía cuatro meses de embarazo. Cada movimiento suyo fue una danza lenta bajo la luna, lleno de autocontrol.

...

Después, aunque Lázaro fue increíblemente cuidadoso, Karina terminó exhausta.

Con los ojos cerrados, dejó que él la llevara de nuevo al baño para ayudarla a limpiarse.

Al regresar a la cama, apenas su cabeza tocó la almohada se quedó profundamente dormida.

Lázaro se acostó a su lado, de costado, usando la luz tenue que salía de la lámpara de noche para estudiar su cara dormida.

La besó en la mejilla, de manera suave, quedándose cerca un buen rato, hasta que sus labios terminaron en su vientre apenas abultado.

Allí, crecía la promesa de dos nuevas vidas.

Su expresión se volvió compleja, una mezcla de ternura que no podía ocultar y un dolor silencioso.

En medio de ese silencio, el celular de Karina sonó de repente en la mesa de noche.

Era el tono especial para Belén.

Lázaro, temiendo que el ruido la despertara, tomó rápido el celular y contestó.

Del otro lado, la voz de Belén llegó débil y congestionada.

—Kari, creo que tengo fiebre... ¿tienes medicina para bajar la temperatura en tu casa?

Lázaro frunció el ceño y contestó con voz grave:

—Le diré a Mario que te lleve al hospital.

Belén, al escuchar su voz, se espabiló de golpe y hasta subió el volumen.

—¿Eres tú, primo? ¡No, no hace falta! Mario está trabajando horas extra hoy, anda ocupado, yo puedo pedir un servicio a domicilio.

No se había movido en toda la noche.

—¿Te sientes mejor? —preguntó, nervioso.

Belén lo miró un instante, y de pronto se le dibujó una sonrisa en los labios.

Mario, confundido, le preguntó:

—¿Por qué te ríes? ¿No me digas que la fiebre te afectó la cabeza?

Se inclinó para presionar el botón y llamar al doctor.

Pero ella lo detuvo de la camisa y negó con la cabeza.

—Ya estoy bien.

De pronto, acercándose un poco más y parpadeando con picardía, preguntó:

—¿Tengo gripe? ¿Es contagiosa?

Mario negó con la cabeza, su voz sonaba un poco ronca.

—El doctor dijo que no es gripe. Solo estás agotada y, como te mojaste en la lluvia, tu cuerpo reaccionó con fiebre. No se lo vas a pegar a nadie.

—Qué bueno —susurró ella.

Y al instante, lo jaló del cuello y lo atrajo hacia sí.

Sus labios se encontraron y, por un momento, el hospital pareció desaparecer.

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