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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 561

—¡Ya basta! —Tobías se levantó de golpe, golpeando la mesa y señalando a Karina con el dedo, mientras su voz retumbaba en la sala—. ¡Karina! ¿Qué crees que estás haciendo?

—¡No te aproveches de que mi esposa y yo te hemos apreciado desde que eras niña para venir aquí a la familia Soler a hacer lo que se te pega la gana!

Úrsula, con la decepción marcada en la cara, intervino también:

—¡Karina! ¿En qué momento empezaste a perder el respeto por las reglas de esta casa?

Diana, nunca perdiendo oportunidad para avivar el fuego, agregó con una mueca burlona:

—¡Ya ven! Por eso mi hermana nunca reconoce sus errores, seguro todo lo aprendió de Karina.

—¡Cállate ya! —Karina le lanzó una mirada tan cortante que Diana se quedó muda al instante, tragándose cualquier palabra.

Después, Karina se volvió hacia Tobías y Úrsula, quienes ya presentaban el rostro encendido por la rabia y la vergüenza.

—La verdad, siempre pensé que si en alguna familia se valoraba la sangre y los lazos, era en la familia Soler. Con esos genes de gemelos, creí que entenderían mejor que nadie lo que significa el vínculo de sangre.

Hizo una pausa, dejando que cada palabra calara hondo.

—Pero ahora resulta que a su propia hija, a la que llevaron en el vientre nueve meses, la tratan como si fuera una extraña. La vigilan como si fuera una ladrona, la regañan, la golpean, la desprecian…

La voz de Karina ganó fuerza, resonando en toda la estancia.

—¿Solo porque Belén no sabe fingir, ni busca agradarles con palabras vacías ni vivir pegada a ustedes como un parásito, ya merece que la golpeen? Hablan mucho de la reputación de la familia y de buscarle un esposo de sangre pura, pero al final ponen en un pedestal a una extraña y usan a su propia hija como ficha de cambio.

La mirada de Karina se llenó de dolor y rabia.

—Eso no es enseñar, es dejarle claro a su hija que en esta casa no tiene un lugar. ¿Por qué tendría que volver a un hogar así?

Tobías y Úrsula se quedaron sin palabras, los labios temblando, pero sin poder rebatirle ni una sola frase.

...

Mientras tanto, Mario llegaba a la habitación de Belén. Abrió la puerta de una patada. El olor a sangre era tan intenso que casi le cortaba la respiración.

Belén estaba boca abajo sobre la cama, completamente inmóvil. Su blusa rota, la espalda llena de heridas abiertas, la sangre se deslizaba sin parar. Apenas quedaba un pedazo de piel sano. Dos empleadas, pálidas y temblorosas, intentaban limpiar la sangre con pañuelos, pero el agua del balde ya estaba tan roja que parecía pintura.

Mario se quedó petrificado. No podía creer lo que veía. El dolor y la furia le invadieron de tal manera que sintió que el mundo se venía abajo.

—Belén… —murmuró con la voz ronca, corriendo hacia ella.

Quiso tocarla, pero dudó. La mano que era capaz de cargar cien kilos en un incendio ahora temblaba como si fuera de papel.

En ese momento, su mano se aflojó y cayó sin fuerzas.

El corazón de Mario se detuvo un segundo. Bajó la cabeza de golpe.

—¿Belén?

Le acercó la mano a la nariz. Apenas si sentía el aliento.

Los ojos de Mario se abrieron de par en par. Sintió que la sangre se le congelaba.

—¡Rápido! ¡Llévenla al hospital! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones a los compañeros.

Buscó con la mirada una manta para cubrirle la espalda, pero en ese cuarto de señorita rica, no había ni una sábana de sobra.

Entre la rabia y la desesperación, Mario arrancó la cortina de la ventana y la acomodó suavemente sobre ella.

—¡Vámonos!

Entre todos bajaron la camilla a toda prisa.

Apenas llegaron al descanso de la escalera, se toparon con más de diez guardias de seguridad bloqueando el paso, rodeándolos por completo.

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