Bárbara señaló hacia abajo.
—En el piso de abajo vive una celebridad, se llama Mariana, es amiga mía.
—Últimamente ha estado fuera del país grabando una película, a veces me pide que venga a darle de comer a su gato, por eso tengo su tarjeta de acceso.
Karina asintió entendiendo.
En Paraíso Austral vivía mucha gente adinerada y varias celebridades. Tan solo en ese edificio, Karina sabía de varios famosos.
Las dos caminaron hacia el ventanal.
Bárbara miró el paisaje del río con cierta nostalgia.
—La vista aquí es increíble, desde mi depa no se puede ver este paisaje tan bonito.
Karina guardó silencio.
En ese momento, su celular vibró. Era un mensaje de Lázaro.
Bajó la mirada para verlo y, sin poder evitarlo, se le dibujó una sonrisa en los labios.
Bárbara la miró de reojo; al ver que estaba tan metida en el celular, decidió pasearse por el depa.
[Lázaro: Ya salí del trabajo, ¿qué se te antoja cenar?]
Karina le contestó sin rodeos.
[Karina: Se me antojan quesadillas y tostadas.]
Últimamente esas dos cosas estaban en boca de todos, y a Karina le había tocado verlas en redes varias veces.
...
Mientras tanto, los ojos de Bárbara recorrían el departamento, deteniéndose con precisión en la puerta de la recámara principal.
Giró la cabeza y revisó que Karina siguiera clavada en el celular; una sombra pasó fugazmente por su mirada.
Sin dudarlo, se dirigió a la recámara, abrió la puerta y enseguida se metió.
Sin perder tiempo, fue directo al tocador. Sacó de su bolsillo un pequeño micrófono y lo pegó debajo, en el rincón más escondido.
Todo el proceso no duró ni quince segundos.
Cuando terminó, salió con la misma calma, cerrando la puerta tras de sí como si nada hubiera pasado.
Karina, al terminar de responder el mensaje, levantó la cabeza y se dio cuenta de que Bárbara ya no estaba.
Frunció el ceño y la buscó por el departamento, hasta que la vio en el balcón.
Bárbara estaba ahí, admirando una orquídea muy rara con todo el interés del mundo.
Karina se le acercó.
—Mi esposo ya casi llega, ¿quieres quedarte a cenar con nosotros?
Traía en una mano las quesadillas y las tostadas que ella había pedido, y en la otra una docena de rosas rojas.
Karina, apenas lo vio, fue hacia él con la mirada fija en la comida.
Al entrar, Lázaro se quitó los zapatos, pero en vez de darle de inmediato la comida y las flores, las dejó sobre el mueble de la entrada.
De pronto, Karina sintió que la levantaban del suelo; en un abrir y cerrar de ojos, estaba en brazos de Lázaro, con las piernas enredadas en su cintura.
—¡Ah!—
Gritó sin poder evitarlo y se aferró a su cuello.
Lázaro todavía traía el fresco del aire de la calle, pero sus labios, cuando la besó, estaban ardientes.
Parecía que no podía esperar más, como si la hubiera extrañado demasiado.
El corazón de Karina latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho.
El beso la dejó sin fuerzas, y lo único que pudo hacer fue sostenerse de él y dejarse llevar.
En ese momento, Jimena apareció con una charola de fruta recién cortada, y se topó de frente con la escena.
La señora se puso roja como jitomate, se cubrió los ojos y se fue de reversa, tropezando con sus propios pies.
—¡No vi nada, no vi nada!— murmuraba mientras se alejaba apurada.

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