La oficina vacía quedó sumida en un silencio absoluto; solo Yago permanecía allí.
La salida de Yolanda había arrastrado consigo toda la luz y el calor del lugar, como si hubiera apagado de golpe la vida del espacio. El aire aún conservaba ese aroma a madera fresca, tan sutil como el perfume de ella, mezclado con el olor a comida que él mismo había traído. La combinación dejaba una sensación extraña, difícil de describir, una especie de nostalgia que se instalaba en el ambiente.
Yago permaneció sentado mucho tiempo en la silla de Yolanda, inmóvil, perdido en sus pensamientos.
Finalmente, tomó el celular. Sus dedos flotaron sobre la pantalla, dudando, antes de decidirse a abrir una conversación.
Escribió, con lentitud y seriedad:
[Karina, disculpa la pregunta, pero si decido volver a intentar conquistar a tu mamá, ¿te molestaría?]
En ese momento, Karina estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, disfrutando de unas bolitas de nieve cubiertas de azúcar que Lázaro Juárez le había traído.
Al leer el mensaje que apareció en la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Cof, cof, cof!—
El azúcar glas se le fue directo a la garganta y empezó a toser sin control, tan fuerte que se le puso la cara colorada.
—¡Señorita, coma con calma!—
Jimena se apresuró a acercarle un vaso de agua y la ayudó dándole unas palmaditas en la espalda.
Karina bebió varios tragos hasta sentirse mejor y de inmediato tomó el celular para responder, aún con la emoción a flor de piel.
[¡Por supuesto que no me molesta! ¡Te apoyo con todo, de pies a cabeza!]
La avalancha de signos de exclamación dejaba claro lo feliz que estaba.
La respuesta llegó casi al instante.
[Gracias.]
Karina, rebosante de alegría, tomó una captura de pantalla de la conversación y se la envió a Lázaro.
Acompañó la imagen con una nota de voz llena de entusiasmo:
[¡Mamá está a punto de tener su primavera!]
El mensaje se fue, pero la respuesta tardó en llegar.
No fue sino hasta altas horas de la noche que el celular vibró con un zumbido sutil.
Era un mensaje de voz.
Karina lo abrió y escuchó la voz profunda y magnética de Lázaro.
—El señor Yago es buena persona. No fue a buscar directamente a tu mamá, primero te pidió tu opinión, eso demuestra que les tiene mucho respeto.
—Sabe poner límites, entiende lo que es importante. Esas son cosas difíciles de encontrar en relaciones de adultos. Tu mamá merece a alguien así.
Karina solo quería compartir el chisme y la emoción, sin esperar que él se pusiera tan serio.
No pudo evitar sonreír con resignación y tecleó una respuesta:
Karina podía imaginarse perfectamente la expresión de Lázaro al escucharla: seguramente tragando saliva con ese aire tan atractivo.
Pasaron unos segundos antes de que la voz de Lázaro sonara mucho más grave.
—Cámbiate de cuarto y espérame. No preguntes por qué, solo hazlo, ahora.
Karina se quedó pasmada.
—¿Eh?
—Hazme caso.
Aunque no entendía nada, Karina obedeció. Se levantó de la cama, agarró el celular y se fue al cuarto de visitas.
—Ya me cambié, estoy en el cuarto de visitas. ¿Qué pasa?
Lázaro recordó la inquietud que había sentido la noche anterior y la información que había recibido ese día. Estaba casi seguro de que Bárbara Olmos había hecho algo en la recámara principal, tal vez colocado un micrófono o una cámara.
Si se lo decía directamente, seguro asustaría a Karina.
Así que, con la voz un poco más relajada pero con un matiz travieso, le contestó:
—Quería cambiar de ambiente para estar contigo.
Karina se quedó sin palabras.
Este hombre, de verdad, nunca perdía la oportunidad para bromear, sin importar el momento.

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