A Diana la empujaron con tal fuerza que trastabilló y por poco cae al suelo. La energía intimidante que emanaba Mario le provocó un escalofrío que le sacudió el corazón.
Apenas recuperó el equilibrio, señaló a Belén y la interrogó con una voz chillona.
—¡Tú qué le dijiste a Bárbara! ¡Me bloqueó y ni siquiera quiere verme! ¡Y para colmo, canceló toda la colaboración con la familia Soler!
—¡Eres una miserable, una rastrera! ¡Solo sabes apuñalar por la espalda! ¡A ver si te atreves a hacerme algo delante de mis papás!
Belén, con los brazos cruzados y una calma imperturbable, enarcó una ceja. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
—Vaya, vaya. Así que Bárbara ya no te hace caso y vienes a desquitarte conmigo, ¿eh?
—Hablando de ser miserable y rastrera, creo que tengo mucho que aprender de ti.
Cansada de malgastar saliva en una idiota como ella, se dio la vuelta y se dirigió a la habitación del hospital.
Los guardaespaldas que custodiaban la entrada se adelantaron de inmediato y le bloquearon el paso a Diana.
Diana, furiosa, pataleaba en el sitio mientras soltaba una sarta de insultos.
—¡Belén, no eres más que un pájaro de mal agüero! ¡Como a ti te va mal, no soportas ver a nadie feliz!
—¿Y tú quién te crees que eres? ¡No eres más que un peón que mis papás criaron para sacrificar!
—¡Ya verás! ¡Cuando vuelva y se lo cuente a mis papás, no te la vas a acabar!
Belén detuvo sus pasos.
Se giró lentamente y ordenó a los guardaespaldas con una frialdad glacial:
—Sujétenla.
Los hombres se movieron al instante, inmovilizando a Diana por los brazos.
Belén se acercó hasta quedar frente a ella y volvió a dar una orden.
—Denle unas bofetadas. Que se le hinche la cara.
Sin la menor vacilación, sonaron varias bofetadas secas y sonoras en el rostro de Diana.
Diana se quedó aturdida por los golpes.
Belén, sin embargo, ni siquiera parpadeó. La miró fijamente y le advirtió:
—Si te atreves a venir a armarme otro escándalo, la próxima vez te voy a desnudar y a dejarte tirada en pleno centro, donde haya más gente.
Diana, entre la rabia y el miedo, solo pudo gritar con una valentía fingida:
—¡No te atreverías! ¡Mis papás te van a poner en tu lugar!
—¿Ah, sí?
Belén soltó una risa suave. Del bolso de Mario sacó el registro de familia de los Soler que acababan de modificar.
Luego, con un ¡zas!, lo estrelló con fuerza en la cara hinchada de Diana.
—Lo siento, pero a partir de hoy, ya no soy parte de la familia Soler.
—Y de ahora en adelante, que ni se les ocurra intentar controlarme.
Poco después, los guardias del hospital llegaron y, con la ayuda de los guardaespaldas, «invitaron» a una Diana que no paraba de llorar y gritar a que se retirara.
Karina estaba tejiendo una bufanda cuando vio la foto que le había enviado Belén. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
—¡Mamá, mira! ¡Belén y Mario se casaron!
Rápidamente, le pasó el celular a Yolanda, que estaba a su lado.
Yolanda se acercó a mirar y también se alegró.
—Esta muchacha, ¿cómo es que se casa así, sin decir nada?
Soltó un suspiro y añadió:
—La vida de Belén tampoco ha sido fácil. En una familia como la de los Soler, de tanto abolengo y con tantas reglas, los días no son sencillos. Menos mal que al final no la obligaron a casarse por conveniencia.
Luego, preguntó con curiosidad:
—Pero, ¿cómo convenció a sus padres para que la dejaran casarse con Mario?
Karina no entró en detalles; se limitó a sonreír.
—Ella siempre se sale con la suya, seguro que encontró la manera.
Sin embargo, en su interior sabía perfectamente que Belén se había casado a espaldas de sus padres.
No pudo evitar sentir una punzada de preocupación. Si sus padres se enteraban, dudaba que el asunto se resolviera tan fácilmente.
Aunque, pensándolo bien, al casarse con Mario, su matrimonio era militar.
Por más que la familia Soler se opusiera, por mucho poder que tuvieran, no podrían separarlos a la fuerza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador