Durante este tiempo, cada día surgía un nuevo escándalo sobre Fátima y Sabrina, manteniéndolas a ambas en el ojo del huracán, agobiadas y sin tregua.
En un principio, Sabrina había pensado en enviar a Fátima directamente a la cárcel, sacrificándola para calmar la opinión pública en internet.
Sin embargo, Valentín, con el pretexto de proteger a Fátima, la había encerrado a la fuerza en la mansión Lucero, impidiéndole ir a cualquier parte.
A medida que la presión mediática crecía día a día, a Sabrina se le ocurrió un plan aún más perverso: provocar un accidente.
Quería hacer creer que Fátima, incapaz de soportar el acoso en línea, se había «suicidado». De esta manera, no solo cerraría el asunto por completo, sino que también podría culpar a los internautas y, por supuesto, a la instigadora de todo: Karina.
Para ello, incluso había conseguido un cadáver de complexión similar, preparando una artimaña para intercambiarlas y, al mismo tiempo, enviar a Fátima al extranjero.
Sabrina se creía que su plan era infalible.
Pero no podía engañar a los militares y, por supuesto, tampoco a las cámaras ocultas de Valentín.
***
Mientras tanto, en la mansión Lucero.
Fátima esperaba en su habitación, inquieta, a que su madre viniera a recogerla.
Un clic.
La puerta se abrió desde fuera.
El rostro de Fátima estaba a punto de iluminarse de alegría, pero la sonrisa se congeló al ver quién entraba.
En la puerta no estaba su madre.
Era Valentín.
Estaba recargado en el marco de la puerta, emanando una frialdad aterradora, como un demonio surgido del infierno.
Fátima retrocedió un paso, asustada, pero enseguida forzó una sonrisa complaciente.
—Valentín, ¿tú… por fin viniste a verme?
Valentín no dijo nada. Sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió con un chasquido del encendedor y le dio una calada lenta.
El humo blanco se arremolinaba, difuminando su rostro impasible.
Los minutos pasaban, y el silencio opresivo hacía que a Fátima le costara respirar.
Con voz temblorosa, preguntó:
—¿Y… y mi mamá? ¿Te mandó ella a buscarme?
Valentín exhaló una densa nube de humo blanco y solo entonces habló con indiferencia.
—Para poder sacarte, intentó drogarnos a mi papá y a mí.
—Entonces, ¿por qué, después de que te lo advertí una y otra vez, te atreviste a tocar a Karina?
El dolor agudo en el abdomen hizo que el rostro de Fátima se contrajera en una mueca, mientras el sudor frío le perlaba la frente.
Llorando, se arrastró por el suelo, retrocediendo patéticamente.
—Me equivoqué… de verdad me equivoqué, Valentín, por favor, por favor, déjame ir… no me mates…
Sollozaba sin control.
—Por lo que alguna vez… por lo que alguna vez nos quisimos, ¿sí?
—¿Quisimos?
Esas palabras fueron como un interruptor que encendió de golpe toda la oscuridad y la violencia en los ojos de Valentín.
De repente, avanzó y, con sus relucientes zapatos de piel, le pisó con fuerza la espalda.
—¡Ahhh!
Fátima soltó un grito desgarrador, aplastada contra la alfombra, completamente inmovilizada.
Por más que luchaba, la fuerza sobre su espalda solo aumentaba, como si quisiera triturarle los huesos.

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