Lázaro la escuchaba en silencio, y la oscuridad en sus ojos se fue disipando hasta convertirse en suaves ondas de ternura.
—Veo que la abuela te inspiró bastante.
—Échale ganas, sé que puedes hacerlo.
—¡Sí! —asintió Karina con firmeza.
—En cuanto termine lo que tengo pendiente, regreso a casa. Ya no iré al cuartel hasta después de las fiestas, me quedaré para estar contigo.
Los ojos de Karina se iluminaron al instante. —¡Qué bueno! —exclamó con alegría—. ¡Te espero en casa!
.
Esa noche.
En el dormitorio, solo una cálida lámpara de noche estaba encendida, tiñendo la habitación de una atmósfera íntima.
Karina estaba recostada de lado en la cama, con el amplio camisón subido hasta la cintura, revelando su vientre redondeado de embarazada.
Lázaro, arrodillado junto a la cama, vertió un poco de aceite para estrías en la palma de su mano y comenzó a masajearle el abdomen con una concentración y delicadeza infinitas.
En medio del silencio, rompió la calma con una voz un tanto ronca.
—Tú y Valentín, ¿de verdad solo fueron novios y ya?
Karina se quedó perpleja.
Era la segunda vez que le hacía esa pregunta.
Pero le era imposible explicar algo tan ilógico como haber renacido.
Levantó la cabeza para mirarlo, su rostro perfilado por la luz, y le devolvió la pregunta: —¿Tanto… te importa él?
Lázaro no detuvo sus movimientos, pero su mirada se oscureció, como un mar profundo fraguando una tormenta.
—Cuando tenías fiebre, estabas gritando su nombre.
Lo dijo con un tono neutro, pero que no podía ocultar un dejo de resentimiento y celos.
—¡¿Qué?! —Karina se incorporó de golpe, alarmada—. ¡Imposible! ¡Yo jamás gritaría su nombre!
Como para demostrar su inocencia, tomó el celular de la mesita de noche, lo desbloqueó a toda prisa y abrió la barra de búsqueda.
—¡Mira! Lo tengo bloqueado y eliminado. ¡Búscalo si quieres, no vas a encontrar a esa persona en mis contactos!
A Lázaro le causó un poco de gracia verla tan desesperada por deslindarse.
La hizo recostarse de nuevo y suspiró con resignación.
Nunca más volvería a mencionarlo. ¡Nunca!
***
A la mañana siguiente.
Karina apareció en el comedor con los ojos hinchados como dos nueces.
Yolanda, que estaba sirviendo el desayuno, al ver a su hija en ese estado, frunció el ceño y lanzó una mirada fulminante a Lázaro, que venía detrás.
Pensó que Lázaro no se había controlado y había sido demasiado rudo con su hija.
—Karina está embarazada, no es como antes —dijo Yolanda, lanzando una indirecta a su yerno—. Hay ciertas cosas que deben hacerse con moderación.
Lázaro se frotó la nariz, algo incómodo.
Al verlo, Karina corrió a abrazar a su madre y se quejó con total desparpajo.
—¡Mamá, Lázaro me hizo enojar!
—¡Insiste en acusarme de que grité el nombre de Valentín cuando tenía fiebre! ¡Cómo iba a gritar el nombre de ese tipo! ¡Solo de pensarlo me siento tan mal que me pasé toda la noche llorando!
Yolanda: «…»

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