Por la noche.
Karina, acurrucada en los brazos de Lázaro, suavizó la voz inconscientemente: —Tengo que decirte algo. En tres días, tengo que ir de viaje de trabajo a Pueblo La Brisa, ¿tienes tiempo para acompañarme?
Le explicó brevemente lo de la ceremonia de inauguración.
Lázaro se sorprendió un poco. —¿Pueblo La Brisa? ¿El municipio más pobre de toda la región?
Karina levantó la vista hacia él. —Sí. Precisamente porque es pobre, es que construimos nuestra fábrica allí.
—Olivia investigó antes, y es donde más apoyos gubernamentales hay, además de que el costo del terreno y la mano de obra es bajo. Y lo más importante, una vez que la fábrica esté en marcha, generará empleo para miles de personas de la zona.
—Los jóvenes ya no tendrán que irse a las grandes ciudades a buscar trabajo, podrán ganar dinero quedándose en casa y cuidar de sus mayores y sus hijos. No es solo un proyecto de negocios, también es algo que tiene un impacto positivo.
El orgullo y la pasión en su voz conmovieron un poco a Lázaro.
La escuchó en silencio, jugando con la manita de Karina, y asintió con un grave «ajá».
Él sabía que, en estos momentos, Pueblo La Brisa era probablemente el lugar más seguro de todos.
Después de todo, esa persona estaba en Pueblo La Brisa haciendo labor social.
Antes de su llegada, su gente ya se había encargado de revisar y eliminar cualquier posible riesgo de seguridad en todo el pueblo.
Que Karina fuera a Pueblo La Brisa, en realidad, le daba cien por ciento de tranquilidad.
Pero de su boca salió otra cosa: —Puede que en tres días no tenga tiempo. Lleva a varios guardaespaldas contigo.
Karina sintió una punzada de decepción.
—Está bien —respondió con resignación, aunque no pudo evitar preocuparse—. Contando el viaje de ida y vuelta, puede que esté fuera tres días… ¿Crees que Sabrina y Bárbara Olmos aprovechen para hacer algo?
—Este proyecto es muy importante para mí y para mucha gente. No quiero que por mi culpa, algo salga mal.
Lázaro notó la tensión en su voz y la suya se volvió más firme.
—Y en cuanto a Bárbara, no se atreverá a meterse en Pueblo La Brisa.
Karina preguntó con curiosidad: —¿Por qué estás tan seguro?
—Hay un pez gordo en Pueblo La Brisa, y ella tuvo problemas con él en el pasado.
—¿Qué pez gordo? —La curiosidad de Karina se había despertado.
Lázaro no dio más detalles, simplemente la abrazó y le advirtió: —Pero eso no significa que puedas bajar la guardia. Los guardaespaldas deben estar contigo en todo momento, no puedes andar sola.
—Mientras esas dos se queden quietas, no habrá problemas por mi parte. —Karina suspiró aliviada, sintiendo que se quitaba un peso de encima.
De repente, recordó otra cosa. —Por cierto, aprovechando que voy a estar fuera, ve a Paraíso Austral y deshazte del micrófono que está en el cuarto. Ya logré mi objetivo, no tiene caso conservarlo.
—Cuando vuelva, nos mudamos para allá. No me gusta que vivamos siempre en casa de mi mamá; cuando el señor Yago viene a verla, ella no se siente del todo cómoda.
Lázaro soltó una risa grave. —De acuerdo, yo me encargo.

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