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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 672

—Señor Francisco, buenos días.

—Señorita Karina, buenos días. Espero no interrumpir su descanso.

—Para nada. ¿Necesita algo, señor Francisco?

La voz de Francisco sonaba alegre.

—De hecho, sí. Mi padre está muy interesado en su proyecto de apoyo agrícola y quisiera hablar con usted más a fondo sobre los detalles de una posible colaboración.

El corazón de Karina dio un vuelco. La sorpresa no podría haber sido mejor.

—¿De verdad? ¡Qué maravilla!

—Sí, mi padre opina que cuanto antes, mejor. ¿Le parece bien hoy a las tres de la tarde en Elitismo Urbano?

—¡Claro, por supuesto! —aceptó Karina de inmediato—. Allí estaré puntualmente.

—Perfecto, entonces nos vemos en la tarde.

Tras colgar, la sonrisa de Karina era incontenible.

¡Era la mejor noticia que podía recibir!

Inmediatamente, llamó a Hugo.

—Hugo, necesito que reúnas ahora mismo toda la documentación relacionada con el proyecto de apoyo agrícola. A las dos y media de la tarde vas conmigo a Elitismo Urbano.

Después de dar las instrucciones, Karina volvió a concentrarse en la bufanda.

Buscó varios tutoriales en su celular sobre cómo bordar letras a gancho y le pidió a Isabel que le enseñara personalmente.

Se pasó toda la mañana en eso y se picó los dedos varias veces hasta dejárselos rojos, pero finalmente lo consiguió.

En una esquina de la bufanda, dos letras torcidas estaban una junto a la otra.

Una K y una L.

En medio, con estambre rojo, había tejido un pequeño corazón.

Aunque el resultado era tan chueco que daba risa, mientras más lo miraba, más satisfecha se sentía.

No pudo evitar imaginar la cara de Lázaro al recibir el regalo.

«Cuando vea esta bufanda única, hecha con todo mi cariño, seguro que… se va a emocionar muchísimo, ¿no?».

***

Mientras tanto, en una de las zonas más exclusivas de Villa Quechua.

Allí se alzaba un complejo de casonas antiguas de ladrillo y teja, con cornisas labradas: la residencia ancestral de la familia Juárez.

Una propiedad con varios patios interconectados, una mansión imponente en pleno centro de la ciudad donde cada metro cuadrado valía una fortuna. Un símbolo silencioso del poder y la riqueza inquebrantables de la familia.

Como Iker, el patriarca de la familia Juárez que no había aparecido en toda la Navidad, había regresado sorpresivamente el día anterior, la mansión, que había estado en silencio por mucho tiempo, por fin recuperaba algo de vida.

Pero después de desayunar, Iker se había ido a atender sus deberes.

En la recámara principal, la señora Juárez, Delfina, acababa de ponerse un elegante vestido de alta costura, lista para ir a una reunión con sus amigas.

En ese momento, su doncella personal entró a toda prisa desde afuera, con un sobre grueso de papel manila en las manos.

De los dos hijos de la familia Juárez, uno estaba en silla de ruedas y era muy reservado, y el otro era tan rebelde que ni siquiera volvía a casa. Ninguno de los dos era cercano a él.

Con los años, su posición parecía estable, pero en realidad pendía de un hilo.

¡Y ahora, la prueba estaba frente a ella, cruda y dolorosa!

*¡Zas!*

Delfina no pudo contener su ira y golpeó las fotos con fuerza sobre la mesa de caoba.

—¡Averíguame quién es esta mujer! ¡Quiero toda su información!

—¡Sí, señora! —respondió la doncella, asustada, y se dio la vuelta para salir corriendo.

—¡Espera! —la detuvo Delfina.

Cerró los ojos, obligándose a calmarse.

Conociendo a su esposo, ¿de qué serviría que lo averiguara?

Él podía proteger a quien quisiera, y ella no podría tocarle ni un pelo.

Delfina abrió lentamente los ojos, y una luz fría y siniestra brilló en su mirada.

—Ve y consígueme el itinerario completo del patriarca para los próximos días, con lujo de detalle.

Quería ver cuándo se iba a encontrar con esa zorra.

¡En cuanto los pesque juntos, a ver cómo protege a su amante y al bastardo que lleva en el vientre!

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