—La trajo Belén. Como ya era muy tarde, le dije que se fuera a casa.
Karina bajó la mirada, clavándola en el tazón de avena.
Era la famosa avena con calabaza del restaurante privado Brisas del Caribe.
Ese era un lugar al que ella y Lázaro iban con frecuencia.
Belén no tenía idea de la existencia de ese sitio.
Quien lo conocía era Lázaro.
Karina apretó los labios y, sin decir nada más, comió en silencio unas cuantas cucharadas más, pero ya no pudo tragar.
La avena era dulce, pero al llegar a su estómago, se convertía en una acidez amarga.
—Ya estoy satisfecha.
Dejó la cuchara y le dijo a su madre:
—Mamá, tú también has tenido un día agotador, deberías dormir ya.
Yolanda vio que apenas había comido, y aunque le dolía el corazón, no se atrevió a insistir.
Recogió todo y se acostó en la cama de acompañante que estaba al lado.
La habitación estaba en silencio. Ninguna de las dos hablaba, pero ambas tenían la mente hecha un caos.
*Bip… bip… bip…*
La alarma del monitor volvió a sonar sin previo aviso.
Yolanda se incorporó de un salto en la cama.
—¡Kari!
Pero Karina se calmó más rápido que ella, con voz serena.
—Mamá, estoy bien.
—Duérmete ya, estás muy cansada.
Se dio la vuelta lentamente.
—Yo también me voy a dormir, buenas noches.
El monitor dejó de sonar.
Yolanda la observó preocupada por un buen rato, pero el cansancio finalmente la venció y no tardó en caer en un sueño profundo.
En la oscuridad, Karina, con los ojos abiertos, se quitó en silencio la pinza del sensor que tenía en el dedo.
Su mente seguía siendo un caos, como una olla de avena hirviendo.
No fue hasta que el cielo comenzó a clarear que se volvió a poner la pinza y, agotada, finalmente se quedó dormida.
***
Aunque no había traído sus cosas de aseo, las habitaciones VIP estaban equipadas con artículos desechables.
Se aseó rápidamente y se recogió el cabello suelto en un moño elegante antes de salir.
Karina ya se había despertado con el ruido y, reclinada en la cama, observaba los movimientos apresurados de su madre.
—Mamá, ¿quién vino?
Yolanda se alisó las arrugas de la ropa y se tocó instintivamente el moño recién hecho antes de responder:
—Es el señor Yago.
Al oírlo, el corazón apesadumbrado de Karina finalmente se animó un poco.
Vio cómo su madre abría la puerta y tomaba el desayuno de las manos del señor Yago, y una sonrisa se dibujó en sus labios.
Últimamente, en su afán por conquistar a su madre, el señor Yago, que era todo un caballero, se había vuelto casi un insistente.
Después de visitar Privadas del Lago para el Año Nuevo, encontraba cualquier excusa para quedarse todo el día con su madre: que si se le había olvidado una pluma en la mansión Sierra, que si tenía que entregarle unos documentos de investigación.
Aunque su madre no decía nada, la creciente suavidad en su mirada no mentía.
Era bueno ver que su madre podía tener un nuevo comienzo.
—¿Cómo sabías que estábamos en el hospital? —preguntó Yolanda.
***

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