Hospital.
Karina Leyva se despertó de golpe, sobresaltada por una pesadilla.
Tal vez fue porque antes de dormir no dejaba de pensar en que había olvidado algo importante, pero terminó soñando con su vida pasada, con el voraz incendio que había consumido la mansión de los Soler.
En el silencio de aquella madrugada, el fuego no solo se había tragado a los padres de Belén Soler, sino que había reducido la propiedad a un montón de escombros y cenizas.
Cuando ella llegó, lo único que vio fue a Belén, arrodillada sola frente a las ruinas, llorando desconsolada.
Karina se quedó mirando el techo, respirando de forma entrecortada. Aquella intensa sensación de inquietud la invadió de nuevo.
—¡Belén! —gritó, casi sin pensar.
Noemí, que velaba a su lado, se acercó de inmediato para ayudarla a incorporarse con delicadeza mientras le ofrecía un vaso de agua tibia.
—Señora, ¿tuvo una pesadilla?
Karina no tomó el vaso. En su lugar, preguntó con urgencia:
—¿Y Belén? ¿Dónde está Belén?
—La señorita Belén se fue hace dos horas —respondió Noemí con voz suave—. Su esposo vino a recogerla.
Karina giró la cabeza hacia la ventana, observando la densa oscuridad de la noche.
—¿Qué hora es? —insistió.
—Ya son las diez de la noche, señora.
Las diez…
En su vida pasada, el incendio había ocurrido justo a esa hora.
Al instante, se giró para buscar su celular.
Noemí, con una rapidez asombrosa, se lo puso en la mano.
Karina se obligó a calmarse y marcó el número de Belén.
—¿Kari? ¿Ya despertaste? —La voz alegre de Belén llegó desde el otro lado de la línea.
—¡Belén! ¿Dónde estás ahora mismo?
—Acabo de llegar a casa con Mario, ¿qué pasa?
—¡Es posible que tus papás estén en peligro, tienes que volver a su casa, rápido!
***
Al mismo tiempo.
Belén, que acababa de quitarse los tacones en la entrada, se quedó helada al escuchar la llamada.
En cuanto colgó, miró a Mario, que estaba a su lado cambiándose los zapatos por unas pantuflas.
—No te cambies todavía.
Mario se detuvo y la miró, extrañado.

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