Víctor dejó la pequeña pala que tenía en la mano, la miró de reojo y dijo con fastidio:
—Antes de que llevaras a esos dos pequeños dentro, tampoco es que estuvieras revolucionando el mundo de la ciencia.
Karina se quedó sin palabras.
Definitivamente, era su maestro. Nadie como él para dejarla callada.
Pero Víctor se rio, y en sus ojos había una admiración y una expectación que no ocultaba.
—No te ofendas. Antes tenías talento, pero te faltaba algo. Andabas como flotando.
—En cambio, desde que estás embarazada, mira lo que has logrado: el sistema AeroVista, la prótesis biónica… ¿Cuál de los dos no es algo que pueda sacudir a la industria?
—Yo más bien creo que esos gemelos que esperas son de buena suerte, vinieron a potenciarte.
La voz del anciano tenía la sabiduría de quien ha visto mucho en la vida.
—Tu amiga Beatriz, antes de tener a Javier, sus logros eran modestos. Después de tenerlo, en solo cuatro años, ¿quién no admira al equipo que ha formado?
—Así que —dijo Víctor, sacudiéndose la tierra de las manos—, no te preocupes por lo que piensen los demás, ni escuches chismes. Ellos solo ven el sacrificio de una madre, pero yo valoro la creatividad de una madre.
—Este mundo siempre necesita sangre nueva. Y no me refiero solo a gente nueva, sino a nuevas perspectivas, nuevas sensibilidades. Cuando seas madre, serás mucho más fuerte que antes.
Las palabras de Víctor reconfortaron a Karina.
En realidad, no le importaba la opinión de los demás, pero esa validación y comprensión de su maestro fueron como un bálsamo que calmó toda su inquietud.
—Gracias, maestro.
—No hay de qué —dijo Víctor, restándole importancia con un gesto—. Ahora, a lo que vamos. Tu tema de tesis será la prótesis biónica. Quiero que profundices en ello.
Karina asintió, pero luego dudó un poco.
—Maestro, ¿necesito formar un equipo para la investigación?
Al oír esto, Víctor la miró de arriba abajo, como si hubiera escuchado la broma más grande del mundo.
—¿Qué? ¿A poco no puedes desarrollar esa cosa tú sola?
Karina se quedó perpleja.
Y escuchó a su maestro continuar con ese tono de total obviedad:
—Otros necesitan un montón de gente porque no les da el cerebro. Si tú puedes hacerlo sola, ¿por qué compartir el mérito?
—Tus compañeros, todos ellos pueden manejar proyectos por sí mismos. Solo cuando tienen demasiado trabajo empiezan a formar equipos. A ti todavía no te han salido las alas y ya estás pensando en esas cosas.


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