Karina quedó satisfecha.
Se inclinó y siguió besándolo.
De los labios pasó a la barbilla, y luego a la nuez de Adán.
Muy pronto, la reacción del cuerpo de Lázaro se volvió imposible de ignorar.
Karina pareció notar que algo duro le estorbaba.
Abrió los ojos, confundida y curiosa.
Incluso liberó una mano y, sin medir el peligro, la cerró alrededor de aquello.
—Sss...
Lázaro tomó aire bruscamente, con los músculos tensos como el acero.
La vena de su sien latía con fuerza.
La agarró de esa cintura diminuta y gruñó entre dientes:
—¡Kari! ¡Suéltame!
¡Lo estaba matando!
Karina no solo no hizo caso, sino que frunció el ceño con molestia.
—Qué ruidoso eres.
Le estorbaba la ropa de él, así que fue directo a desabrocharle el cinturón y le empujó la camisa hacia arriba con brusquedad.
Los besos calientes siguieron bajando.
Cayeron en su clavícula, en su pecho...
Lo poco que le quedaba de cordura a Lázaro se quemó por completo.
Ya no podía soportar esa tortura lenta.
Lázaro hizo un movimiento brusco, arqueó la cintura y tiró a la mujer revoltosa a un lado.
Inmediatamente, su cuerpo grande se colocó encima de ella, retomando el control.
—¡Karina, tú te lo buscaste!
Tenía fuego en los ojos, listo para «castigar» a esa mujer que no conocía sus límites.
Pero entonces...
La persona debajo de él dejó de moverse.
Lázaro se detuvo.
Vio que Karina, después de todo el alboroto, había cerrado los ojos y su respiración se había vuelto lenta y profunda.
¿Se... se durmió?
¿En este preciso momento?
Incluso chasqueó los labios como si se hubiera quedado con ganas de más y murmuró algo ininteligible:
—Qué rico...
Lázaro: «...»
Se quedó rígido, sostenido sobre ella, mirando esa cara dormida y sin defensas. Sintió que se le atoraba algo en la garganta.
Se estaba quemando por dentro y no tenía dónde desahogarse.
Su pecho subía y bajaba violentamente; cada respiración quemaba.
Se quedó así, congelado, tres minutos.
Una gota de sudor frío, producto de aguantarse al extremo, resbaló por su nariz y cayó en la mejilla blanca de Karina.
Lázaro cerró los ojos y soltó un rugido bajo de desesperación e impotencia.
Al final, tuvo que bajarse de la cama de la forma más patética posible y correr al baño.
Poco después, se escuchó el sonido del agua cayendo en la regadera, y no paró en un buen rato.
Lázaro estaba acostado a su lado, mirándola con una expresión divertida y burlona.
—¿Despertaste?
Karina se espabiló al instante y se sentó de golpe.
La cobija se resbaló, dejando ver su pijama desordenada.
—¿¡Qué haces en mi cama!?
Lázaro arqueó una ceja y también se sentó. —Es mi recámara.
Karina se quedó helada y miró alrededor.
La habitación llena de documentos y computadoras; efectivamente, era la recámara y oficina de Lázaro.
Se puso roja como un tomate, se jaló el cabello con frustración y, quitándose la cobija, intentó huir de la cama.
—Este... ya, ya me voy...
Lázaro observó su pánico y dijo con calma:
—Somos esposos, dormir en la misma cama es normal.
—Además...
Su mirada recorrió el cuerpo de ella y sonrió con intención.
—Anoche alguien estaba muy entusiasmada.
Karina se congeló, sentía que le salía humo de la cabeza.
Se detuvo un segundo, y sin siquiera ponerse los zapatos, salió corriendo descalza.
Lázaro vio cómo huía despavorida y la sonrisa en sus labios se desvaneció poco a poco.
Frunció levemente el ceño.
Parecía que ella todavía no terminaba de aceptarlo por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador