Beatriz entró a su recámara a cambiarse; tenía ganas de darse un baño, pero el tiempo apremiaba. Total, sabía que con solo ponerse un vestido elegante y soltarle un par de halagos a Mateo, ese pusilánime caería rendido a sus pies de nuevo.
Julián no le hizo el menor caso; le parecía que su madre exageraba todo. Estaba convencidísimo de que, quitando a Ana de la ecuación, su vida sería mil veces mejor.
Pero Doña Beatriz no tenía un pelo de tonta, así que agarró sus cosas y salió corriendo a buscar a Ana y a su padre.
Justo cuando Doña Beatriz tocó la puerta, Ana estaba sacando el último plato de comida de la cocina.
Como su padre aún estaba asimilando todo lo que había pasado, se había refugiado en su silla en el balcón para fumarse un cigarro.
Muy rara vez fumaba en la casa, y menos si Ana estaba presente.
—¡Ana! ¿Está tu papá? ¿Me das chance de platicar un ratito con él, por favor?
Antes de que Ana pudiera responder algo como «Doña Beatriz, ¿no le quedó claro lo que dije hace rato o se lo repito?» se escuchó la voz de Mateo:
—Ana, deja que pase Beatriz.
Ana frunció el ceño:
—Papá…
—Dale un poco de tiempo a tu papá, ¿sí?
Sabía que, aunque Doña Beatriz lo hubiera rechazado, después de convivir doce años como vecinos y apoyarse mutuamente, no era tan fácil borrarla de un plumazo.
Justamente porque Ana sabía que su padre tenía el corazón de pollo, era que quería arrancar este problema de raíz. Pero a veces, presionar demasiado resultaba contraproducente. Después de todo, no le podía decir: «Oye, papá, en mi vida pasada, el hijo de esta señora me asesinó por culpa de Ximena».
Ana soltó la perilla de la puerta y Doña Beatriz entró cargando unas bolsas de fruta y unos frascos de suplementos para los nervios por los exámenes.
—Mateo…
Doña Beatriz llevaba puesto un vestido ceñido de encaje en un tono muy claro.
Era una mujer de piel radiante y curvas atractivas; a sus más de cuarenta, y pese al desgaste del puesto de comida, jamás descuidaba su arreglo personal.
Fue precisamente al verla así, envuelta en ese vestido elegante de encaje tantos años atrás, que Mateo perdió por completo la cabeza por ella.
Aunque solo se le veía el perfil, Ana no necesitaba verle toda la cara para saber que, por dentro, la señora estaba maldiciendo a los cuatro vientos: «¿Acaso está endemoniada esta mocosa?»
¡Había tenido el gran gesto de venir a su casa y de regalarle ropa, ¿y la malagradecida se ponía sus moños?!
¿Sobras?
Si no fuera por el maldito ENIS, ¿quién querría andarle rogando?
—Ay, Ana… —murmuró Doña Beatriz haciéndose la víctima, y volteando hacia Mateo soltó una vocecita quejumbrosa— Mateo, de verdad que yo lo hice con… —Y diciendo esto, hizo el amago de derramar unas lágrimas.
Mateo arrugó la frente; nada lo doblegaba más que ver llorar a la mujer que amaba.
—Ana, Beatriz te lo trajo de todo corazón, acéptalo. Oye, con todo lo que se ha preocupado por regalarte ropita todos estos años, no le puedes contestar así.
Ana sonrió con amargura. Su pobre padre no tenía idea de que los supuestos regalos de «marca» que Doña Beatriz le había dado toda su vida provenían de tiendas de segunda mano en internet, remates usados y, lo que era peor, ropa de difuntos que los familiares malvendían para no tirarla.
¿Cómo sabía eso? Muy fácil. En su vida pasada escuchó por casualidad cómo Doña Beatriz le llenaba la cabeza a Julián diciéndole: «Julián, aunque ya tengamos dinero, tienes que jalarle las riendas a Ana para que no ande gastando a lo tonto; a ti te cuesta mucho sudor ganarlo. ¿Cómo es posible que compre un labial de quinientos pesos? Esa mujer es un barril sin fondo. Y luego esa bolsa… ¡¿Cómo se te ocurre regalarle una bolsa de más de treinta mil pesos?!»

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