Por otro lado.
Al encontrarse en su austero departamento, Julián no se adaptó con la misma rapidez que Ana.
Aventó la mochila en el sofá de tela de la sala, que, aunque no era lujoso, estaba inmaculado. A un lado, en la mesita del centro, reposaba un hermoso arreglo de girasoles. Lo más seguro es que Ana lo hubiera puesto ahí esa misma mañana, cuando pasó a despertarlo para ir a la escuela.
Ana siempre se encargaba de todo. Y ni siquiera había que irse hasta la inmensa mansión de su vida pasada; en ese sencillo departamento de dos habitaciones, que era más grande que la casita del padre de Ana, todo estaba ordenado por ella.
A esa hora de la tarde, lo normal era que, tras volver de la escuela, él se sentara en la sala a hacer la tarea o leer un libro, mientras Ana se metía a la cocina a preparar la cena para los cuatro.
Por un instante, Julián se quedó mirando a la nada, e incluso creyó escuchar una voz familiar:
«Julián, ponte a hacer la tarea o a estudiar; yo hago la cena y trapeo la casa».
A pesar de su edad, Ana sabía cocinar y organizar una casa desde que tenía diez años.
Si alguna vez Doña Beatriz cerraba el puesto tarde o simplemente no tenía ganas de hacer nada, Ana o Mateo se encargaban de hacerles la cena.
Antes de irse a las clases nocturnas de repaso, su casa solía llenarse de ruido y compañía. Aunque antes él detestaba ese bullicio, ahora que de pronto reinaba un silencio sepulcral en la casa, le resultaba profundamente incómodo.
Entró al baño a lavarse la cara y notó que la toalla que había usado en la mañana seguía arrumbada en el lavabo, ahogada en el agua sucia.
Inmediatamente le llegó un olor a humedad que le revolvió el estómago.
Sintió arcadas.
Ana siempre volvía con él a esa hora para doblarle las cobijas, acomodarle el clóset y lavar sus toallas.
Pero hoy no había ido, así que a Julián no le quedaba más remedio que hacerlo él mismo o esperar a que su madre se encargara.
Al final, no movió un solo dedo. Se fue directo a su cuarto a descansar un rato y vio su cama hecha un desastre, con las cobijas tiradas por donde él las había pateado en la mañana, como si se burlaran de su inutilidad.
Sintiéndose ofendido, soltó un fuerte resoplido y fue a abrir el refrigerador en busca de alguna bebida cara o la bebida energética que tanto le gustaba; pero no había absolutamente nada.
Todos los días, Ana le dejaba bebidas frescas en el refrigerador; algunas de ellas las preparaba con sus propias manos.
¡Pum! Julián azotó la puerta del refrigerador con furia. ¡Ni que se fuera a morir sin la ayuda de esa mosquita muerta y su papá!
Se sacó el celular de la bolsa del pantalón, lo desbloqueó y abrió WhatsApp para mandarle mensaje a Ximena, a quien acababa de agregar ese mismo día.
En su vida pasada, su mayor fantasía siempre fue conseguir el número de Ximena. Con tan solo ver sus historias y fotos, aunque no le escribiera, sentía que su vida valía la pena.
Volver a nacer era maravilloso; ahora tenía todo lo que antes jamás creyó posible.
«Mena, ¿llegaste a casa?»
Seguro estaba ocupada porque no le contestó de inmediato.
Por un segundo, a Julián se le olvidó que ya no era el exitoso hombre de negocios, sino el estudiante de preparatoria.
Y Doña Beatriz jamás se imaginó que el hijo por el que tanto se había sacrificado fuera a desafiarla empujándola.
¡Crash!
El hermoso jarrón que Ana había dejado en la mesa se hizo añicos contra el piso.
Doña Beatriz se quedó paralizada.
—¡Julián, ¿te volviste loco?!
Se fue directo hacia él y le soltó un par de cachetadas.
Fastidiado, Julián se cubrió la cara con los brazos: —Mamá, ¿quieres que apruebe el examen de la universidad o no?
Al escuchar eso, Doña Beatriz frenó en seco.
Julián sabía que para calmar a su madre bastaba con mencionar a la universidad.
—¡Escuincle grosero! ¿Qué mosca te picó hoy? Recoge este desastre ahorita mismo. Voy a cambiarme de ropa y vamos directo a la casa de Mateo a pedirles perdón a él y a Ana. ¿No te da vergüenza? Llevas media hora aquí, no te cambiaste los zapatos, la cama está destendida, ni siquiera colgaste la toalla mojada. ¿Crees que soy tu sirvienta o qué?
—Te lo advierto, Julián, no me importa qué berrinche traigas hoy, pero antes del examen de admisión, tienes que tener contentos a Mateo y a Ana. ¿Acaso estás tonto, hijo? Llevamos doce años comiendo en su mesa y recibiendo sus atenciones de a gratis, ¿y ya te hartaste? Apúrate a arreglarte, de paso cenamos ahí de gorra, y cuando tú te vayas a tus clases de repaso, yo regreso a dormir. ¿Quedó claro?

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