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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 103

—Ana, sé que mis calificaciones no son las mejores, pero me estoy esforzando. Si dices que somos compañeros y amigos, ¿por qué tú y Tatiana me dejan de lado cuando hacen algo importante? —le reclamó Leonardo, soltando todo lo que se había guardado desde el día anterior.

Primero fue lo de las bebidas del Señor Mondragón, luego las interrupciones de Julián, Ximena, y los demás alumnos.

Hasta había pasado toda la noche planeando el detalle del confeti, solo para que ella le dedicara unas palabras de aliento.

Al final, apenas le echó un vistazo y pareció no captar en absoluto la intención detrás de su sorpresa.

Ana frunció el ceño. No entendía por qué Leonardo se había vuelto tan dependiente, pero tampoco quería mentirle.

—Voy a la obra donde trabaja mi papá. Hoy él y Doña Julia empezaron a vender viandas de comida, quiero ver cómo les va.

En cuanto a Tatiana, Ana jamás le diría que estaba buscando a su misterioso benefactor. Ese era el primer paso de Tatiana para cambiar su propio destino, y tenía que hacerlo sola.

Leonardo se sorprendió.

—¿Don Mateo cambió de trabajo y ahora vende comida?

—No, solo está ayudando a Doña Julia a adaptarse. Él seguirá en la construcción —lo corrigió Ana.

Leonardo se sintió aún más confundido.

—¿Quién es Doña Julia? ¿No debería ser...? —Miró de reojo a Julián, que seguía sentado en su lugar sin ir a la cafetería—. ¿Doña Beatriz?

¿Acaso Don Mateo también había roto con Doña Beatriz?

Bueno, tenía sentido. Si Ana y Julián ya habían roto lazos, era lógico que los adultos también lo hicieran.

Ana no quiso darle más detalles.

—Deja de ser tan chismoso y ponte a estudiar. Ya me voy.

—¡No, yo voy contigo! Todavía no conozco a Doña Julia. —Leonardo se colgó la mochila y corrió tras ella.

Julián los miró, y un brillo de profunda molestia cruzó por sus ojos. Antes, sin importar si estaban en clase o en el receso, la única persona detrás de la que Ana corría era él. Ahora, ese imbécil de Leonardo dejaba sus intenciones demasiado claras.

—Mena, vamos a comer fuera.

Su madre le había depositado dinero el día anterior diciéndole que se concentrara en el examen y que, si no le gustaba la comida de la cafetería, comiera donde quisiera.

La verdad era que nadie se había molestado en prepararle un almuerzo.

Ximena le dedicó una sonrisa dulce.

—Claro.

Acababa de guardar su teléfono tras enviarle un mensaje a Quintino, avisándole que Ana iba hacia la obra de su padre.

Se aferró del brazo de Julián.

—¿Qué se te antoja?

—Lo que tú quieras está bien para mí.

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