Quintino y sus hombres se quedaron congelados en su sitio. Primero, porque lo que Ana y el detective privado habían dicho resultó ser la absoluta verdad; segundo, porque el presidente del Corporativo Mondragón tenía toda la intención de enfrentarse a ellos en una pelea cuerpo a cuerpo.
Quintino soltó el cabello de Ana, mostrando una sonrisa cargada de desprecio. Aunque sus cuatro hombres temblaban al sentir la presencia abrumadora de Mauricio, él no iba a retroceder.
Esa imponente aura no era algo con lo que estuvieran acostumbrados a lidiar.
—Señor Mondragón, ¿piensa enfrentarnos usted solo?
Como cobrador de deudas con años en las calles, Quintino había tratado tanto con ricos como con prestamistas, y había peleado con muchísimos guardaespaldas rudos. Sin embargo, para él, los millonarios no eran más que cobardes en trajes caros.
Tronó el cuello, presumiendo su físico fornido y la masa de músculos que lo respaldaba, tratando de intimidarlo.
Mauricio bufó con frialdad.
—¿Uno no es suficiente? Para una bola de escoria como ustedes, que yo mismo les dé una paliza es un maldito honor. Si tienen un poco de cerebro, deberían arrastrarse hacia mí agradecidos, que tengo un vuelo que alcanzar.
¡Maldición! Esas palabras enfurecieron a Quintino por completo.
—¡Si el Señor Mondragón quiere sentir el dolor, no lo decepcionen, muchachos! Poder presumir que le partimos la cara al hombre más rico de Puerto de la Ribera nos dará historias para toda la vida.
—¡Agarren sus armas y atáquenlo!
Quintino no podía creer que un directivo que se pasaba la vida sentado en una oficina fuera capaz de pelear contra ellos. Hacerlo llorar y suplicar por piedad sería su mayor logro.
Zacarías Yepes, tras terminar de dictar el reporte de los golpes que Ana había recibido, caminó directamente hacia ella para ayudarla a levantarse.
—Tranquila, Ana, no tengas miedo. El Señor Mondragón se encargará de esto en un segundo.
Don Eladio abrió el maletero del auto y sacó un botiquín de primeros auxilios. Mientras recibía el saco, la corbata, el reloj y los lentes de Mauricio para guardarlos, no mostró la más mínima preocupación de que su jefe estuviera a punto de enfrentarse a cinco matones.
Miró al detective privado, que seguía en el suelo, y le dijo:
—Quédese tranquilo. Cuando el Señor Mondragón termine, lo llevaremos al hospital, o si prefiere, puede irse por su cuenta y todos los gastos médicos correrán por cuenta de la empresa. Gracias por su esfuerzo.
Al detective casi se le cae la mandíbula. No solo le sorprendía la tranquilidad absoluta del conductor, sino el hecho de que el mismísimo magnate supiera pelear.
Aquello era una revelación. Era tan irreal ver esta faceta oculta del magnate que, de no ser porque su teléfono estaba hecho pedazos, habría grabado toda esa impresionante escena.
Zacarías acomodó a Ana a un lado y abrió el botiquín para tratar sus heridas.
—Te dolerá un poco, por favor aguanta.
En el fondo, Zacarías pensó que esa tarea de curarla debería hacerla Mauricio, pero el jefe acababa de decir que tenía prisa por su vuelo, y de todos modos, no se lo imaginaba siendo así de tierno. Su jefe tenía la delicadeza de una roca.
Ana soltó un ligero gemido de dolor, sus ojos reflejaban preocupación. Zacarías, pensando que estaba asustada por la pelea, intentó calmarla:

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