Aquella había sido la primera vez que Ana golpeó a alguien en su vida.
Fue una sensación de liberación indescriptible, aunque sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.
Mauricio la tenía muy difícil peleando contra treinta hombres, y Ana sabía que no podía limitarse a esconderse tras él sin hacer nada.
Agarró botellas de vidrio o cualquier cosa que pudiera usar como arma. En esa ocasión, Zacarías y Don Eladio habían sido interceptados, y ella se negaba a permitir que Mauricio muriera frente a sus ojos.
Si él moría, ella también lo haría. En lugar de quedarse temblando de miedo, prefirió abrirse paso a sangre y fuego junto a él.
Ana sobrevivió, pero el precio fue pasar medio mes internada en el hospital.
Mauricio la trasladó a una habitación VIP de primer nivel y él mismo estuvo internado en la habitación de al lado durante el mismo tiempo.
En esos días, Mauricio se burlaba de ella diciendo que las niñas eran demasiado delicadas, quejándose de que por unos simples rasguños se quedara en el hospital el mismo tiempo que él, que tenía heridas graves. Incluso llegó a insinuar que Ana solo fingía para no ir a trabajar y para sacarle dinero por los gastos médicos.
Por eso, la impresión que Ana tenía de él, tras sobrevivir a la muerte juntos, siempre se resumió en una sola frase: «Un hombre tan impresionante, lástima de boca que tiene».
Era increíblemente sarcástico y mordaz, especialmente cuando sabía que ella buscaba constantemente formas de que él la despidiera.
Mientras más lo intentaba ella, más se negaba él. A pesar de su lengua venenosa, en su vida pasada Mauricio fue el único, además de su propio padre, que le brindó verdadera protección.
En esa emboscada, él la había protegido con su vida. Justo como lo hacía ahora, con el rostro endurecido y un aura aterradora, pero que a ella no le provocaba ni un ápice de miedo; al contrario, hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas.
Al renacer, nunca imaginó que él llegaría a protegerla de esta manera tan prematura.
—¿Con esta mano la agarraste? —rugió Mauricio.
—¿Con este pie la pateaste?
Quintino le había dado tres bofetadas a ella; Mauricio le devolvió seis golpes con el bate de béisbol, y cada uno resonó con el crujido de un dolor desgarrador.
—¿Te atreviste a tocarla? ¿Quién demonios te dio permiso? ¡Mírame, infeliz!
—¡Aaaah! —Los alaridos de Quintino eran agónicos, sentía que iba a morir, pero Mauricio medía cada golpe con precisión militar para asegurarse de no dejarlo inconsciente, obligándolo a sentirlo todo.
Uno de los hombres en el suelo, al ver a Mauricio completamente concentrado en masacrar a Quintino, tomó un bloque de escombros intentando golpearlo por la espalda.
Sin embargo, Mauricio giró en un instante y le asestó un golpe fulminante con el bate. Era el matón de la camiseta negra.
—¿Por qué tanta prisa? ¡Ahora sigues tú!
Con un solo golpe del bate, lo derribó. Mauricio recordó que este era el infeliz que la había arrastrado de los pies y estrellado contra la pared de cemento.
Mauricio lo agarró de la cabeza y, con toda la fuerza de su brazo, la estrelló sin piedad contra ese mismo muro de concreto.
Lágrimas calientes comenzaron a rodar por las mejillas de Ana.
En su vida pasada había sido una estúpida. Fue su culpa que Julián la asesinara y no tenía excusas; por eso, en esta vida, cobraría su venganza. Pero en cuanto a Mauricio... Ana no sabía cómo pagarle.
Durante los tres años que trabajó para él en su vida anterior, habían tenido diferencias, peleas, y muchísimas discusiones por sus intentos de renuncia, pero jamás hubo una sola acción en la que Mauricio le hiciera daño.

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