Ximena jamás en sus sueños habría imaginado que su plan de usar a Quintino y sus hombres para destruir a Ana fracasaría; mucho menos imaginó que Ana usaría su misma estrategia en su contra.
Abrió los ojos de par en par.
—Don Quinto.
Su tono sonaba a reproche, como si preguntara por qué le hacía caso a Ana si se suponía que trabajaba para ella.
Quintino apretó los dientes, mostrando una mezcla de lástima y frustración.
—Menita, lo siento mucho. Yo tampoco tengo alternativa. Aguanta un poco, pasará rápido.
Ximena no comprendía qué intentaba hacer Quintino, pero alguien metido en ese mundo oscuro sabía exactamente qué significaba aquello.
Al instante, cayó de rodillas frente a Ana, llorando a mares.
—Ana, me equivoqué, por favor, déjame ir. Perdóname, no debí haber conspirado contra ti. Ana, no puedes lastimarme... Si Julián, si Julián se entera...
—¿Y qué si Julián Ledesma se entera? Ximena, cómo quieras manipularlo es asunto tuyo, pero, ¿meterte conmigo? —Ana se cruzó de brazos—. Lo siento, no soy tan indulgente.
—Quintino, ¿qué hacen ahí pasmados? ¿Quieren ir a la cárcel en lugar de disfrutar de su libertad?
Quintino apretó los dientes.
—Menita, perdóname. Muchachos, ataquen...
—No, Don Quinto, no lo hagan. Ana, si te atreves a hacerme esto, mi papá no te lo perdonará. —Ximena tal vez había previsto que si el plan fallaba aún tendría a su padre para respaldarla, pero parecía haber olvidado que quien apoyaba a Ana era Mauricio Mondragón.
Hasta Quintino se sentía avergonzado por ella.
—Menita, ya cállate.
—¿Por qué habría de callarme? Ana, aunque hoy te creas la dueña de la situación, mientras no me mates... no, con que me toques, mi papá enviará a sus hombres a destruir tu casa. Tu padre solo es un obrero. Haré que vigilen tu puerta todos los días hasta que se mueran de hambre o los maten a golpes.
—Ana, tú fuiste quien empezó esto. Yo solo te estoy devolviendo el favor. Si entiendes lo que te conviene, diles que se detengan ahora mismo. ¡Ana, no te tengo miedo!
¡Plaf!
Ximena abrió los ojos desmesuradamente, incapaz de creer lo que veía, y miró a Quintino. Él, con el rostro lleno de compasión y resignación, le dijo:
—Menita, te dije que te callaras. ¿Por qué te empeñas en humillarte sola?
—Menita, aguanta. No podemos competir con ella.
—Exacto. Piénsalo un poco, los cinco fuimos golpeados hasta quedar así, y aun así seguimos sus órdenes. ¿Por qué crees que es?
—¡Quien la respalda es el Señor Mondragón! El CEO del Corporativo Mondragón. Menita, cometiste un error estúpido esta vez.
De verdad los había arrastrado a un pozo sin fondo.
Y nadie sabía mejor que ellos que Mauricio los había destrozado él solo.

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