Ana la observó con frialdad y lanzó un comentario mordaz:
—Quintino, ¿acaso los golpearon hasta dejarlos sin fuerzas? ¿Cómo fue que grité yo hace un momento?
Quintino apretó los dientes y gritó:
—¡Grita, maldita perra, grita hasta desgarrarte la garganta y veamos quién viene a salvarte!
—¡No, no lo hagan!
Ximena realmente se arrepentía; debió haber traído a Julián Ledesma con ella.
Pero si Julián hubiera venido, ¿no habría quedado al descubierto su verdadera cara?
—Ana, me equivoqué, de verdad me equivoqué. Te lo suplico, no...
Le gustaba jugar con fuego, pero ser forzada era una cosa completamente distinta.
Ana no escuchó ni una sola palabra.
El Investigador Anónimo, de pie junto a Ana, estaba boquiabierto. Si no lo estuviera viendo con sus propios ojos, jamás creería que Ana pudiera ser tan despiadada. Sin embargo, esta compañera de clase se lo había buscado. Valiéndose de que su padre era un prestamista, había contratado matones para arruinar a Ana.
Si Ana no hubiera sido lista y él no la hubiera estado siguiendo, ¿acaso no habría sufrido este mismo destino?
—¡Quien siembra vientos, cosecha tempestades!
¡Se lo merecía!
Ahora por fin tenía algo que reportarle al Señor Mondragón. Se preguntaba si su jefe se sorprendería tanto como él al saber cómo Ana había manejado la situación.
Esta chica no tenía piedad alguna para tomar decisiones.
—¡NO!
Ximena estaba tragándose su propio veneno.
Aunque el rostro del Investigador Anónimo estaba hinchado por los golpes, la curiosidad morbosa típica de los hombres lo obligó a observar con los ojos bien abiertos.
Ximena, como un conejo asustado, se cubría el cuerpo con ambas manos. Odiaba a Ana con toda su alma.
Todo era culpa de Ana; ella la había forzado a sufrir esta humillación.
¡Que se preparara! ¡Mientras siguiera viva, se aseguraría de hacerla pagar!
Lloraba desconsolada mientras murmuraba quejas ininteligibles. Quintino sentía lástima, pero a la vez estaba atado de manos. No le quedaba de otra.
—Menita, ¿con esto será suficiente?
Ana rió con frialdad.
—¿Tú qué crees?
Quintino apretó los dientes, como si estuviera a punto de ordenar a sus hombres que continuaran, pero las palabras no le salían. Ximena lloraba a gritos. El Investigador Anónimo tragó saliva.
—Srta. Ana, ¿de verdad vamos a seguir con esto?
No es que él fuera un santo, pero, al fin y al cabo, ella también era un ser humano.

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