Vanesa Santángel estaba escogiendo su vestuario cuando recibió la carpeta con la información de Ana.
Eligió un vestido clásico a media pierna en blanco y negro, con un diseño entallado que resaltaba su envidiable figura sin perder la elegancia. Lo combinó con un sombrero de ala ancha adornado con un velo negro que le cubría la mitad del rostro, y un labial rojo intenso que acentuaba su aura madura y seductora.
Mirando su reflejo en el espejo y luego las fotos en el reporte sobre Ana, esbozó una pequeña sonrisa maliciosa. —Vámonos. Es hora de conocer a esta Señorita Ana y ver qué tiene de especial.
Con su bolso de diseñador edición limitada en mano y moviendo las caderas al caminar, Vanesa subió a su Porsche Cayenne escoltada por su asistente y su chofer.
Estaba sumamente intrigada por lo que Ximena le había contado el día anterior en el club. Sin embargo, a ella no le gustaba ser el peón de nadie. Por más que Mauricio tratara diferente a esa estudiante patrocinada, Vanesa no iba a atacarla sin pensar.
—¡Tenía que comprobarlo por sí misma!
Hora de los ejercicios matutinos.
Hacía mucho tiempo que Ana no participaba en ellos. No obstante, hay rutinas que quedan grabadas en el ADN, como la décima tabla de calistenia escolar. En cuanto empezó a sonar la música, todos los estudiantes comenzaron a marchar en su lugar. Aunque Ana no recordara la secuencia a la perfección, su memoria muscular hizo el resto.
A Julián, en cambio, no se le daba tan bien. De por sí, nunca le había gustado el ejercicio, y tras haber faltado o saltado clases recientemente desde su reencarnación, se veía un poco torpe al moverse. Así que, con su ego de futuro millonario aún intacto en su mente, decidió simplemente quedarse inmóvil.
Leonardo aprovechó para burlarse: —Vaya, Julián, ¿tanta pereza tienes? Eres el número uno de la generación, ¿dónde está tu ejemplo?
Leonardo sentía que por fin había encontrado un terreno donde podía pisotear a Julián y no iba a desperdiciar la oportunidad.
Julián alzó una ceja y dirigió su mirada hacia Ana. Ella no lo miró; sabía que si lo hacía, le diría algo sarcástico, del tipo: ¿Qué pasa, Julián? ¿El futuro hombre más rico olvidó cómo hacer los ejercicios matutinos? Ja, todavía no eres millonario.
Ximena intervino de inmediato: —Leonardo, concéntrate en liderar la rutina. Ya sabes que Julián es el primero de la clase. Si él no se mueve, ¿acaso no es culpa tuya, que eres el delegado de deportes?
Leonardo soltó una carcajada. —¿Culpa mía? Ximena, inventar mentiras no es un delito, ¿verdad? Julián no hace los ejercicios, ¿y la culpa es mía? Si tiene un problema en la cabeza, ¿también me va a echar la culpa por haberlo traído al mundo?
—¡Tú...!
—En lugar de ver sus propios defectos, abres la boca para decir tonterías. Ximena, tú también tienes un problema en la cabeza; seguro me vas a culpar por no haberte criado bien.
Los ojos de Ximena se abrieron de par en par. Estuvo a punto de darle una patada a Leonardo, pero se contuvo al notar que los estudiantes de otras clases los miraban.
Julián trató de tranquilizarla: —Mena, ¿para qué discutir con un organismo unicelular, que todo lo que tiene de músculo le falta de cerebro? Si ganas, no logras nada, y si pierdes, quedas peor que él. No vale la pena que te arruines el día.
Ximena se sintió triunfante. —Tienes razón, Julián. Después de todo, no pertenecemos a la misma especie. Hablar con él es como pedirle peras al olmo.
Leonardo los fulminó con la mirada, y Tatiana saltó en su defensa: —Uy, qué orgullosos nos salieron. Leonardo, qué ingenuo eres. Ya te dijeron claramente que no son de la misma especie. ¿Para qué te molestas? Esta vez estoy de acuerdo con Ximena; tú tienes la culpa por intentar hablar con perros.

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