Mateo estaba en la obra, pero su cabeza andaba en cualquier otro lado.
Sergio Dalmau, asumiendo que el desánimo se debía a que Mateo llevaba días sin trabajar, le dio una palmada amistosa en el hombro. —Amigo, tómate un descanso. Estás muy distraído y un accidente aquí te puede salir caro.
Le hizo señas para que lo acompañara a fumar un cigarro lejos del área de trabajo.
Mateo frunció el ceño, angustiado. —Sergio, la verdad es que yo...
—Ahórrate las disculpas. Con todo respeto, ni siquiera debiste venir hoy. Sé de sobra que lo hiciste para que Beatriz no ande haciendo preguntas, pero, ¿no pensaste en cómo se va a sentir Julia quedándose sola? —Sergio había notado su incomodidad desde el primer momento.
Apenas ayer andaba radiante de felicidad ayudando a Julia con el negocio de la comida, y luego por la noche lo llamó de repente para decirle que volvía a la obra.
Sergio sabía que algo olía mal, y no se había equivocado.
Mateo soltó un largo suspiro. —No me quedó de otra, hermano. Ya sabes cómo soy.
—Sé que eres demasiado blando. Pero mira, mejor cortar por lo sano. Eres de los más listos de toda la cuadrilla, pero a la vez, de los más ingenuos. Honestamente, aguantar humillaciones por doce años... ni el hombre más paciente soportaría tanto —dijo Sergio. Por un lado admiraba su aguante, pero por otro, le frustraba ver cómo se dejaba pisotear.
¡Con tantas mujeres en el mundo, tenía que aferrarse precisamente a la más convenenciera!
Sergio lo había reprendido mil veces, pero a Mateo las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. Al final, cansado de parecer una suegra regañona, Sergio había decidido no meterse más en su vida privada.
Si a Mateo le gustaba que lo maltrataran, ¿qué más podía hacer él? Su única opción era lamentarse por haberse entrometido en su momento y hacer de la vista gorda en el trabajo.
*¡Ding!* El teléfono de Mateo sonó de nuevo. Desde que había llegado a la obra a las seis de la mañana, no había dejado de recibir mensajes de Beatriz.
[Mateo, se me acabaron los cebollines. Ayer olvidé pedirlos, así que, cuando salgas, ¿podrías pasar a comprarlos?]
[Mateo, ¿a qué hora sales hoy? ¿A las cinco, como siempre?]
[Mateo, no tengo hambre para comer ahora. Cuando regreses, cómprame codillo de cerdo; tengo antojo de eso.]
[Mateo, ¿estás leyendo mis mensajes?]
[Mateo, a Julián se le antojaron tus chicharrones de cerdo. Aprovecha que vas al mercado y compra la carne.]
[Mateo...]
La pantalla estaba inundada de exigencias de Beatriz. Todo era pedirle favores; ni una sola palabra para preguntarle cómo estaba.
Mateo ya estaba acostumbrado, pero las comparaciones eran inevitables.
Tan solo ver a Sergio: apenas comenzó la jornada y su esposa lo llamó para confirmar si había llegado bien, si el día estaba pesado, si se sentía muy cansado y para preguntarle qué quería cenar para irlo preparando.
Al ver la actitud de Beatriz, a Mateo le empezaba a doler la cabeza.

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