Desde que Julián se enteró del encuentro entre Vanesa y Ana, un profundo desasosiego se apoderó de él. Estaba tan ensimismado que, cuando Ximena le preguntó qué quería comer en la cafetería, la ignoró por completo.
Desconcertada por su actitud, ella le jaló suavemente la manga y le dijo con un tono meloso: —Julián, si no quieres comer aquí, podemos salir. Yo invito.
Julián frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir algo, escuchó la voz de Leonardo, que iba entrando junto con Ana y Tatiana. —Ana, pidamos algo a la carta, hoy invito yo.
Leonardo se sentía con dinero; esa comida se la debía desde que Ana le había regalado su computadora.
Había estado buscando el momento adecuado, pero entre los estudios y los problemas recientes, Ana nunca tenía tiempo libre.
Como ella acababa de evaluarlo con un examen de práctica esa mañana, le parecía la oportunidad perfecta para invitarla a comer rico y así motivarse aún más.
Ana asintió complacida, sabiendo que Leonardo solo buscaba devolverle el favor. Sin embargo, apenas se acercaron a la zona de comida rápida, Don Ricardo, el encargado de la cafetería, los detuvo. —Señorita Ana, no se molesten en hacer fila. La Señorita Santángel ya dio instrucciones precisas. Me ordenó servirles el menú premium a usted y a sus acompañantes.
Antes de que Ana pudiera reaccionar, Don Ricardo salió de la cocina con una bandeja repleta: una suculenta sopa de pollo, pescado agridulce finamente preparado y un delicado flan salado.
—Señorita Ana, por favor, póngase cómoda con sus amigos. Hay un par de platos más que tengo que cocinar al momento, pero pueden ir empezando.
Ana se quedó sin palabras.
Tatiana y Leonardo abrieron los ojos como platos. —¡Pero si esto es un soborno descarado! —susurró Tatiana.
Ximena, que estaba a unos pasos de distancia, sintió que los ojos se le salían de las órbitas, devorada por la envidia al ver semejante festín y trato preferencial.
¿Acaso Vanesa había perdido la cabeza? ¿No se suponía que iba a aplastar a Ana? ¡En lugar de humillarla, le estaba montando un espectáculo de lujo en frente de todos!
"¡Maldita niña rica! ¿Esta es tu brillante estrategia para hundirla?", maldijo mentalmente.
—Don Ricardo, de verdad no puedo... —intentó decir Ana, negándose tajantemente. Pero el encargado la interrumpió de inmediato: —Señorita Ana, la Señorita Santángel fue muy específica. Dijo que si usted no quiere comerlo, puede tirarlo a la basura. Que a ella no le importa desperdiciar comida, pero que la orden se cumple sí o sí.
Ana se quedó muda.
Su tiranía no había cambiado ni un ápice; en ambas vidas, Vanesa siempre hacía lo que le daba la gana.
Incapaz de soportar lo que para ella era una patética escena de falsa modestia, Ximena soltó con un tono cargado de veneno: —Vaya, Ana, ¡qué estrella tan brillante te ilumina! Primero te enredas con el Señor Mondragón y ahora la Señorita Santángel te manda un festín. Debes haber salvado al mundo en tu vida pasada para que las dos personas más influyentes de la ciudad compitan por tu atención.
—La verdad, da mucha envidia. Qué lástima que no todas tengamos esa suerte. Por cierto, si planeas tirarlo a la basura, mejor dánoslo a Julián y a mí. A nosotros no nos da asco recibir las sobras de los ricos; después de todo, desperdiciar comida es un pecado. Además, Julián es el primer puesto de nuestra generación; alguien de su nivel merece comer decentemente.
Ana la fulminó con una sonrisa burlona. —Ximena, si tanta envidia te da, deberías pedirle a tu adorado Julián que postule a una universidad de élite en lugar de seguirte como un perrito faldero. Si realmente es el mejor estudiante, seguro el Consorcio Santángel le regala su propio festín.
A Ximena le hirvió la sangre por la humillación, y antes de que pudiera replicar, Julián saltó en su defensa. —Tus oscuros tratos con ellos son problema tuyo, no me involucres en tus basuras. Vámonos de aquí, Ximena, este ambiente apesta.

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