385 millones de pesos. En su vida pasada, justo en esta época, esa fue la cifra exacta de la licitación del Proyecto Bahía-275 del Consorcio Santángel.
De hecho, el padre de Vanesa, Don Valerio Santángel, había convocado a los medios para revelar personalmente ese monto ganador.
Ana sabía que Vanesa sentiría temor, pero la locura de esta mujer no tenía límites, por lo que además de exponer el precio de la licitación, tuvo que revelarle la dirección estratégica que tomaría su corporativo en los próximos tres años.
Si Vanesa era lista, no sería necesario agregar nada más.
Cuando Ana proponía un trato, lo decía muy en serio. Si Vanesa volvía a poner al Consorcio en un riesgo sin precedentes solo por su obsesión con Mauricio, su padre no se limitaría a prohibirle que se acercara a él; la enviaría lejos del país, y si la situación empeoraba, seguramente Don Valerio la molería a golpes.
En la vida pasada, fue precisamente esa prohibición paterna lo que hundió a Vanesa en la desesperación total, arrastrando a todo el consorcio a la tumba junto con ella. Las últimas noticias que Ana tuvo sobre ella fueron que terminó confinada en un sanatorio psiquiátrico; en resumen, un final verdaderamente trágico.
Vanesa quedó clavada en su sitio, con la mirada perdida. Ana hizo un movimiento para soltarse de las manos del guardaespaldas que la sujetaba.
—Señorita Santángel, entonces... ¿tenemos un trato o no?
Vanesa apretó los dientes. ¡Efectivamente, no era alguien con quien se pudiera jugar!
Ahora por fin entendía por qué Mauricio había hecho una excepción y firmado un acuerdo con ella.
Por fuera, Ana parecía una joven ingenua y pura, pero por dentro era un manojo de estrategias y cálculos meticulosos.
Ximena no había sido sometida en vano. Si eras amigo de Ana, te protegería hasta la muerte. Pero si te convertías en su enemigo... era exactamente igual que Mauricio.
¡Maldita sea!
¿De dónde demonios sacó esa información secreta?
Su asistente la miró en busca de órdenes. Vanesa tomó varias bocanadas de aire profundo.
—De acuerdo, acepto. Pero no cantes victoria tan pronto, Ana. Cuando termine el ENIS, te juro que me lo pagarás con creces.
Tendría que tolerarla por un tiempo, pero apenas pasara el examen, se encargaría de destruirla.
—Se lo agradezco, Señorita Santángel. Sin embargo, espero que ambas mantengamos la fiesta en paz. La persona que la contactó buscando su ayuda solo la estaba utilizando como un arma desechable. Siendo usted de una familia tan distinguida, ¿por qué insiste en rebajarse así?
Quizás por la empatía de ser mujer, Ana sintió un poco de lástima por Vanesa.
Desgarrarse por un hombre que no la amaba y que ni siquiera le dirigía la mirada... ¿valía la pena?
Vanesa se detuvo justo cuando estaba a punto de marcharse, y miró a Ana por encima del hombro.
—Aún no estás a mi nivel como para atreverte a sentir lástima por mí. Esta vez me descuidé, pero la próxima no tendré contemplaciones. Señorita Ana, en la cima hace mucho frío, y los árboles altos siempre atraen el viento fuerte. Que tengas mucha suerte en tu ENIS.
Vanesa dio media vuelta y se largó, sin importarle en lo más mínimo cómo iba a regresar Ana a casa.
Ana la vio marcharse. Al fin había logrado neutralizar esa amenaza hasta después del examen.
«Qué fastidio. Ximena realmente no hace más que estorbar».
Ana sacó de su mochila el teléfono en el que guardaba el video filtrado de Ximena y sonrió de medio lado: era el momento de devolver el favor.
Para Ximena, este día no estaba siendo precisamente hermoso.

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