Vanesa Santángel tampoco deseaba ser una inútil; se sentía aún más asfixiada que Ximena, pero no tenía alternativas. Estaban en juego secretos confidenciales del Consorcio Santángel, por lo que, por muchas ganas que tuviera de estrangular a Ana, debía pensar en las consecuencias.
Al salir del exclusivo complejo residencial, Vanesa se dirigió directamente a un club privado. Allí desató un ataque de histeria y destruyó todo lo que había en la habitación VIP, volviéndola un desastre de vidrios y muebles rotos.
—¡Maldita sea! ¡Ana, vas a pagar por esto!
Sin nada más que romper, Vanesa cerró los puños y pegó un grito al aire.
Cuando el gerente del club se comunicó con Yago Maldonado, este pensó que Vanesa estaba celebrando un triunfo. Sin embargo, al oír el escándalo y los cristales estrellándose al otro lado de la línea, decidió ir. Yago esperó afuera de la sala hasta que los gritos cesaron por completo, para luego abrir la puerta.
El caos esparcido por todo el lugar era algo a lo que ya estaba acostumbrado. Entrecerró sus ojos rasgados y preguntó: —¿Dónde se complicó todo?
Al verlo entrar, Vanesa se abalanzó hacia él y le agarró el cuello con ambas manos. Yago no opuso ninguna resistencia. Con el rostro desencajado por la furia, Vanesa siseó: —De verdad hay algo entre ella y Mauricio.
Ahora mismo, al recordar cómo Ana la había arrinconado, Vanesa estaba más convencida que nunca de que los lazos de Mauricio con ella eran mucho más íntimos y peligrosos de lo que Ximena le había relatado.
Había crecido persiguiendo a Mauricio toda su vida, siempre soñando con el momento en que se casarían, pero él jamás quiso comprometerse con ella.
Cuando el Corporativo Mondragón enfrentó una severa crisis, Mauricio habría evitado asumir deudas monumentales con solo asentir a un matrimonio con ella, pero él prefirió el camino difícil.
Ese rechazo convirtió a Vanesa en el hazmerreír de la alta sociedad y en la gran vergüenza de su familia.
No lo comprendía. ¿Qué tenía de malo ella?
Él había elegido amparar a Ana, pero a ella ni la miraba.
Yago, sabiendo que Vanesa necesitaba desahogarse, dejó que llorara, gritara y apretara sus manos alrededor de su cuello. Incluso cuando empezó a faltarle el aire, Yago no hizo un solo movimiento para apartarla.
Solo cuando notó que se había quedado sin fuerzas, la levantó con un solo brazo, le indicó a un empleado que limpiara el desastre, y se la llevó a su suite privada en el piso superior.
Durante todo el trayecto, Vanesa no pronunció una palabra; parecía haberse acostumbrado a esta rutina.
Yago la recostó suavemente sobre el lujoso sofá, le sirvió un vaso con agua tibia y, al ver que por fin había recuperado la compostura, se reclinó en el reposabrazos, cruzando las piernas.
—A partir de ahora, déjame este asunto a mí. Ya no hagas corajes —le dijo.
Vanesa levantó la mirada hacia él. —¿Tú? —preguntó con una sonrisa cargada de sarcasmo—. Si lo que quieres es probar carne fresca, dilo de frente. No actúes como si lo hicieras por mi bienestar.
Vanesa dejó el vaso de agua en la mesa de centro y se recargó perezosamente contra el respaldo.
Yago sonrió. —Señorita Santángel, si así prefieres verlo, también es válido. Es verdad que tengo curiosidad, sobre todo de ver cómo esa pequeña flor con espinas termina arrodillada suplicando consuelo. Seguramente será una vista espectacular.
Jugó con el anillo de su pulgar; la perversidad que emanaban sus ojos era casi hiriente para Vanesa.
Quedaba claro que Yago ya había escenificado toda la depravación en su cabeza.
—¿Qué pasa? ¿Acaso jugar con Ximena ya no te satisface? ¿Ahora prefieres a las flores con espinas para sentir la adrenalina?
A Vanesa no le interesaban las fantasías enfermizas de Yago, pero el hecho de que él interviniera era una excelente noticia.
—¿Por dónde planeas atacar? —Vanesa le advirtió que esa estudiante era peligrosamente astuta, para que no terminara sufriendo una derrota humillante y rápida como ella.
La sonrisa de Yago fue sumamente magnética, pero a la vez, su rostro delicado reflejó un aura siniestra. —Usaré el mismo método que siempre usan los hombres para domar mujeres.
Al escucharlo, Vanesa soltó una carcajada. —Perfecto. Entonces brindo porque logres atrapar a esa belleza muy pronto.
Levantó su vaso de agua desde la mesa, exhibiendo una sonrisa hipnótica.

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