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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 147

Ana regresó a su pequeño apartamento y, al abrir la puerta, fue recibida por Julia Lucero, quien ya la estaba esperando con la cena lista.

En toda su vida, lo único que el padre de Ana había anhelado era el calor de un hogar: una buena esposa, su hija y una mesa servida con amor.

Irónicamente, después de doce años de matrimonio, jamás había experimentado algo así.

Al ver a Julia trayendo la comida recién hecha desde su propio apartamento al de ellos, los ojos de Ana se cristalizaron.

¿Quién no añoraba la calidez de un hogar verdadero?

—Doña Julia, muchas gracias.

A Ana no se le daba bien mostrar vulnerabilidad o ser cariñosa; siempre había sido una persona de carácter directo. Además, en el pasado descubrió que para ser afectuosa, del otro lado debía haber alguien dispuesto a recibir ese cariño.

En su vida anterior, a Julián Ledesma le fastidiaban las muestras de afecto. Cuando ella lo intentó un par de veces, él siempre le echó baldes de agua fría; o fingía no entenderla o simplemente le preguntaba de manera seca: "¿Te duele algo?".

Desde entonces, después de llamarlo un completo insensible, Ana dejó de mostrar ese lado vulnerable.

Julia, que aún sostenía el plato de comida caliente en las manos, se sobresaltó un poco cuando Ana la abrazó dulcemente por la espalda. Luego de dejar el plato en la mesa, le acarició las manos con el amor reconfortante de una madre.

—No hay nada que agradecer. No tienes por qué ser tan formal conmigo, Ana.

—Anda, lávate las manos y ven a comer. Hoy te preparé ese estofado casero que tanto te gusta.

Diciendo esto, Julia acercó el recipiente con el estofado humeante frente a Ana, para que sintiera el aroma.

Ana sonrió con los ojos entrecerrados, tan encantadora como una pequeña astuta que acaba de encontrar su botín.

—¡Gracias, Doña Julia! Iré a lavarme las manos. Por cierto, ¿mi papá aún no regresa del trabajo?

La expresión de Julia se tornó ligeramente incómoda. —Sergio le ordenó que terminara su turno hasta las diez.

Ana se quedó quieta un segundo. Julia aprovechó el momento para contarle sobre la llamada que Beatriz había hecho al mediodía y cómo Sergio tuvo que intervenir, y también le mencionó el rumor que el chismoso de Don Walter había estado esparciendo sobre ellas.

—Ana, ¿crees que deberíamos buscar a alguien que vigile a Beatriz? O pedirle a los vecinos que, si la ven viéndose con otros hombres o buscando candidatos, se lo cuenten a tu padre.

Ana negó con la cabeza sin titubear. —No hace falta. Mi padre no lo creería.

—Pero esto tampoco es bueno. No viste la cara de tu padre cuando Sergio le colgó el teléfono a Beatriz; se veía sumamente triste. Aunque tú y él hayan hecho una promesa, siento que en menos de cinco días terminará rindiéndose y buscándola de nuevo. Además, hoy cuando regresé, noté que Beatriz me miraba de una forma muy extraña.

—Ana, siento que estaba tratando de sacarme información.

Ana se detuvo. —¿Sacarte información?

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