Residencia de los Lucero.
Desde el día en que Julia abandonó la casa, el hogar se había venido abajo.
Los hijos del hermano mayor llegaban tarde a la escuela o se quedaban solos a la salida porque nadie pasaba a recogerlos.
Elena, la esposa de Dante, se quejaba a gritos todos los días: —¡No entiendo qué tienen en la cabeza los ancianos! Julia ya tiene cuarenta años y aún quieren que se case. Desde que se largó, que nadie recoja a Santi en la escuela es lo de menos. Se viene la temporada de siembra en el campo, la casa es un chiquero, los cerdos mueren de hambre y ni siquiera hay comida hecha. Se los advierto, yo no soy Julia; no me casé con los Lucero para convertirme en su esclava.
—Escúchame bien, Dante. Hoy quiero que me hables claro. Si no vas a buscar a tu hermana para que regrese a cuidar a mi hijo, hacer la comida, limpiar esta pocilga, lavar la ropa y alimentar a los animales, juro que agarro a Santi y me voy a casa de mi madre. ¡Que esta familia atienda a quien se le dé la gana!
Elena había estado furiosa desde el día en que Doña Lidia se llevó a Julia a la ciudad.
Con Julia lejos, surgían las preguntas inevitables: ¿quién cuidaba a los niños? ¿Quién cocinaba? ¿Quién atendía a esta familia enorme? Llevaba quince años casada y jamás había movido un dedo para ayudar en las tareas; sus manos no estaban hechas para el trabajo sucio.
El día que Julia se marchó, Elena recién volvía del pueblo de hacerse la manicura. Apenas entró, Dante le exigió que encendiera el fogón y cocinara, argumentando que, al haber tres nueras en la casa, se turnarían dos días cada una, y el séptimo día los tres hermanos cocinarían juntos.
A Elena le pareció un chiste de mal gusto. Cuando preguntó a qué venía todo esto, Dante respondió que Julia iba a casarse, así que desde ahora esa sería la nueva distribución. De lo contrario, tendrían que dividir la propiedad y cada familia se las arreglaría por su cuenta.
Los abuelos pasarían tres meses con cada hijo, turnándose los gastos de comida y cuidado.
—Elena, ¿qué clase de barbaridades estás diciendo? Julia ya cumplió su ciclo. En toda la historia, nunca se ha visto que una mujer deba quedarse para siempre como la sirvienta de su familia de sangre —intervino la madre de Julia, con un semblante oscuro y molesto.
El padre también alzó la voz: —Exacto. Solo porque nadie la quiso antes no significa que su único destino sea servirnos para toda la vida.
—Elena, eres la cuñada mayor, tienes que dar el ejemplo. Tu cuñada encontró marido a su edad, ¿no deberías estar feliz por ella?
Elena soltó un grito histérico: —¡¿Feliz yo?! ¡¿Me ves cara de estar feliz?! Durante quince años ella no solo fue mi sirvienta, sino que ustedes dos también disfrutaron cómodamente de los cuidados de su propia hija, sin mover un músculo.

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