Ana sintió que había tenido un desempeño impecable en el examen de simulacro de lenguaje.
Aún faltaban veinte minutos para la campana final, pero decidió entregar su hoja de respuestas por adelantado.
Leonardo, quien estaba en su misma aula, abrió la boca asombrado al verla. Ni siquiera tuvo tiempo de admirar su velocidad de resolución cuando el profesor supervisor le lanzó una mirada fulminante: —Leonardo, deja de mirar a los lados. Quedan veinte minutos, concéntrense en su examen.
Al salir del aula, Ana se plantó frente a las ventanas de cristal para observar a Leonardo desde el pasillo. La intensa mirada de Ana hizo que a él le sudaran las manos. Sentía que su fin había llegado; si no lograba aprobar lenguaje, estaba seguro de que Ana lo despellejaría vivo.
En ese momento, Tatiana, que había presentado en un aula diferente, entregó su examen y se acercó a Ana al verla en el pasillo. El profesor supervisor sabía que Leonardo había estado estudiando duro junto a ellas recientemente, así que hizo la vista gorda.
Después de todo, tener a la número diez y a la número cincuenta de la escuela ayudando a Leonardo era un milagro. Por muy cabeza dura que fuera, con esa presión tarde o temprano tendría que aprender algo.
Pero la presión psicológica de Leonardo estaba por las nubes. La actitud intimidante de Ana era intencional: esto solo era el último simulacro, el ENIS de verdad sería cien veces más cruel.
Necesitaba que Leonardo internalizara ese estrés para obligarlo a memorizar absolutamente todos los problemas que le había marcado antes de la recta final.
A Leonardo le temblaban las manos mientras escribía; no se atrevía a desviar la mirada hacia donde estaban Ana y Tatiana, y siguió redactando su ensayo haciendo de tripas corazón.
Julián Ledesma también entregó su examen temprano. Al salir al pasillo y ver a Ana y Tatiana montando guardia frente a la clase de Leonardo, una sonrisa despectiva y cargada de burla apareció en sus labios.
En su vida pasada, Ana siempre entregaba sus exámenes antes que nadie y se quedaba en la ventana esperándolo exactamente igual que ahora.
A Julián siempre le había irritado esa actitud, pero ver que ahora lo hacía por alguien más, le generaba un inexplicable disgusto.
Ximena había abandonado el salón apenas pasada la primera media hora del examen. Era incapaz de entregar pruebas casi perfectas como Julián, pero tampoco tenía la paciencia de los peores alumnos para quedarse hasta el último segundo intentando rascar algún punto.
En lugar de quedarse sentada quemando tiempo, prefería escaparse al cibercafé o jugar en su celular.
Cuando Julián le envió un mensaje de texto, ella cerró su juego de inmediato, y para cuando se encontraron, el tiempo oficial del examen había concluido.
Leonardo no se atrevía a salir del aula por miedo a ser regañado. Ximena, al notar la expresión severa y casi dictatorial de Ana, soltó una carcajada sarcástica. —Ana, el árbol que nace torcido jamás su rama endereza. Leonardo hizo lo que pudo, no seas tan dura con él.
Justo entonces, Ximena pareció recordar la apuesta que tenía con Julián. —Aunque pensándolo bien, Ana, deberías preocuparte más por ti misma. Puede que Julián haya perdido el certamen, pero te aseguro que no perderá el primer lugar en este simulacro.
Ana soltó una risa irónica. —¿Ni siquiera ha salido la lista de resultados y ya estás presumiendo? ¿O acaso este es el clásico discurso motivacional de los perdedores antes de estrellarse contra el suelo? Si es así, adelante, ríete todo lo que quieras.
Ximena abrió los ojos de par en par, ofendida. Julián arqueó una ceja y la tomó de la mano. —Mena, no pierdas el tiempo con ella. Si quiere el título de primer lugar, primero tendrá que demostrar que tiene con qué ganarlo.
—Me muero de hambre. Vámonos, amor, hay que cargar energías para el examen de matemáticas en la tarde —dijo Julián, llevándose a Ximena a su lado.
Leonardo los miró apretando los dientes y haciendo muecas. —Puff, ¡qué arrogantes! Ana...

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