Ese día fue el más feliz en la vida de Julián Ledesma desde que había renacido.
Y todo se debía a la evidente alegría en el rostro de Ximena.
La felicidad de Ximena se basaba en dos motivos: primero, que después del examen del día siguiente por fin podría ir a su cita en un yate con Yago Maldonado; segundo... que Ana había faltado a su examen.
¡Jajaja! A Ximena le bastaba con recordar las caras de pánico de Leonardo y Tatiana para querer reír a carcajadas.
Esa infeliz le había robado los recursos a Julián y su lugar en el certamen, e incluso pretendía arrebatarle el primer lugar de la generación.
¿Acaso se creía digna?
Todo se debía a un golpe de suerte por haber sido patrocinada por Mauricio Mondragón. ¿Qué tenía de especial?
Actuaba como si el primer lugar fuera su derecho de nacimiento. Era repulsivo.
—Julián, ve a casa y repasa. Aunque es el quinto simulacro y no el ENIS definitivo, la escuela le da mucha importancia. Tienes que esforzarte al máximo —le dijo Ximena. Aunque Ana había faltado, Julián tenía que demostrar su superioridad académica para poder burlarse de ella con argumentos sólidos.
Julián, desde el escalón superior, la tomó de las manos mientras ella le acomodaba el uniforme.
—Tranquila, Ximena. En este simulacro sacaré la calificación perfecta.
En su vida pasada no lo había logrado, pero esta vez, con su memoria perfecta, limpiaría la humillación del certamen.
Al escucharlo, a Ximena le brillaron los ojos. Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Julián, eres el mejor.
Adoptando un tono tímido, agregó:
—Tienes que prepararte bien para el ENIS y callarle la boca a todos los que se burlaron de ti.
—Bueno, ya me meto a la casa. Nos vemos mañana en la escuela.
Julián se despidió a regañadientes, pero esperó a verla entrar antes de darse la vuelta para dirigirse a su departamento. Al bajar la cuesta, vio a Ana de pie bajo un farol del callejón.
Llevaba su mochila puesta y la luz de neón proyectaba sombras extrañas sobre ella, dándole el aspecto de un espíritu vengativo, especialmente por la forma en que le sonreía mostrando los dientes.
Julián frunció el ceño, preguntándose por qué andaba asustando gente. Ana había faltado a su examen esa tarde, lo cual confirmaba su teoría: su madre debía haber llevado a los Lucero a hacer el trabajo sucio.
Ah, ¿acaso venía a suplicar piedad?
Antes de que pudiera regodearse y decirle: «Ana, solo arrodíllate, admite tu error y regresa a servirme», recibió una fuerte bofetada en el rostro.
—Julián Ledesma, ¿tanto necesitabas que mi padre les sirviera a ti y a tu madre?
El sonido de la bofetada resonó en el callejón vacío. Para el ego de Julián, el impacto fue mucho peor que el simple dolor físico.

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