Beatriz pensó ingenuamente que, tras haberse salvado de los golpes de Dante esa mañana, el peligro ya había pasado.
Durmió toda la tarde y, al abrir los ojos, ya había anochecido.
Revisó su teléfono. No solo no tenía ninguna llamada ni mensaje de voz de Mateo, sino tampoco de su propio hijo.
Ese cobarde de Mateo seguramente estaba bajo las faldas de su hija Ana, con la orden estricta de no llamarla.
Esa mocosa malnacida, ojalá nunca consiguiera marido y se quedara solterona de por vida; ni siquiera era digna de calentarle la cama a su hijo.
Beatriz se levantó, se arregló frente al espejo y se preparó un tazón de sopa.
En ese momento, alguien empezó a golpear la puerta con fuerza. Beatriz dio un brinco, aterrada de que Ana hubiera ido a buscarla.
Aunque era poco probable; si Mateo se enteraba de que la joven había ido a hacer un escándalo, él mismo la habría reprendido sin que Beatriz moviera un dedo.
Pero los golpes en la puerta eran reales.
—¿Quién es? —gritó Beatriz.
Como nadie respondió, su enojo empezó a crecer.
—¿Qué tanto golpean? ¡Van a romper la puerta! ¿Acaso tienen dinero para pagarla?
Los golpes continuaron, cada vez más insistentes, casi como si el invasor supiera que la paciencia de Beatriz estallaría tarde o temprano.
Y así fue. En cuanto Beatriz quitó el cerrojo y abrió la puerta, antes de que pudiera pronunciar un solo insulto, doña Lidia irrumpió con una patada brutal que la arrojó al suelo junto con la puerta.
—¡Beatriz, maldita víbora! ¿Mandaste a golpear a mi prima y creíste que me iba a quedar cruzada de brazos?
Beatriz, paralizada de terror, soltó un alarido similar al de un cerdo en el matadero. Pero su voz fue silenciada rápidamente por la furia de Lidia, conocida en todo el callejón por ser alguien con quien nadie debía meterse.
Lidia empezó a repartir bofetadas a diestra y siniestra. El rostro de Beatriz se hinchó en cuestión de segundos.
—¡Para que aprendas a no meterte con mi familia! ¡Para que dejes de ser una maldita víbora! Eres el perro del hortelano, que no come ni deja comer. Te corroe la envidia porque mi prima y Don Mateo se llevan bien, ¿verdad? ¡Hoy te voy a arrancar la piel a tiras!
—¿Acaso mi prima te obligó a manipular a Mateo todos estos años? ¿Acaso ella te robó al hombre? Vaya, sí que eres buena inventando cuentos, deberías escribir novelas.
Lidia se montó a horcajadas sobre Beatriz y continuó la ronda de bofetadas, cada una más sonora que la anterior.
Beatriz no era de las que se dejaban apalear tan fácilmente.
—¡Lidia, maldita desgraciada! Aún no había ajustado cuentas contigo, pero ya que viniste a buscarme, te arrepentirás. ¡No te atrevas a golpearme!
Ambas mujeres terminaron enfrascadas en una pelea cuerpo a cuerpo en el piso. Los vecinos, que habían estado subiendo y bajando las escaleras, se asomaron atraídos por el escándalo. Después de haberse contenido durante la confrontación del mediodía, ver a Beatriz recibir su merecido era una catarsis para todos. Algunos incluso murmuraban por lo bajo:
—Mátala a golpes, mátala a golpes.
Hacía mucho tiempo que alguien debió darle una lección a Beatriz. Siendo mujeres ellas mismas, la consideraban una vergüenza para el género.
No quería formalizar nada con Mateo, pero lo seguía exprimiendo. Aunque él también era un tonto por dejarse. ¡Dale duro, Lidia, no la sueltes!
Dentro del departamento, los ruidos de platos y muebles rompiéndose resonaban por todo el pasillo. Nadie movió un dedo para detenerlas; de hecho, algunos vecinos se acomodaron en las escaleras con un puñado de semillas de girasol para disfrutar del espectáculo.

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