Mauricio Mondragón se encontraba en medio de una degustación de platillos cuando recibió la noticia de que Ana había faltado al examen.
Se acercaba el ENIS y el Corporativo Mondragón tenía planeado inaugurar el próximo viernes un nuevo hotel de precios accesibles, especialmente diseñado para albergar las numerosas fiestas de graduación estudiantiles.
Justo cuando se disponía a probar un bocado de pescado, su asistente Zacarías Yepes se le acercó y le informó:
—Señor Mondragón, la Señorita Ana faltó a su examen esta tarde.
Mauricio levantó la mirada; en sus ojos, oscuros y profundos como un abismo, no se podía descifrar emoción alguna.
—¿Faltó al examen?
—Así es. Nuestros guardaespaldas informan que el familiar de un allegado suyo fue brutalmente golpeado. Ese conflicto terminó salpicando al padre de la estudiante Ana, y para cuando ella terminó de arreglar el problema, el tiempo del examen ya había pasado. Aunque ya llamó a su tutora académica, el problema es que... —Zacarías frunció el ceño con preocupación—. Señor Mondragón, aunque le hayamos adelantado la firma del acuerdo de patrocinio, ella prometió obtener el primer lugar de su generación en este quinto simulacro. Su ausencia seguramente le dará de qué hablar a los accionistas de la junta directiva.
Mauricio bajó el tenedor con el que sostenía el pescado y recostó su imponente figura en la silla.
—¿Y a ti de verdad te preocupa eso?
Zacarías soltó un sonido de confusión. Mauricio curvó ligeramente los labios, en una sonrisa que irradiaba un aire pícaro y dominante.
—¿Acaso crees que firmé el patrocinio por adelantado solo porque prometió ser la mejor de su generación en un simulacro?
—Por supuesto que no, usted solo...
—Incluso si en este simulacro termina en el décimo puesto o baja aún más de categoría, eso no afecta absolutamente nada de nuestros planes.
Zacarías entendía el punto, pero había algo que seguía sin cuadrarle.
—Pero, ¿y qué pasa con el ENIS oficial?
Mauricio se quedó en silencio por un instante.
«Señor Mondragón, sé que este simulacro en el fondo no le importa tanto, pero no deja de ser relevante. Y aunque usted no se fije en esos detalles, la junta directiva sí lo hace. Al menos debe asegurarse de que la estudiante Ana saque una nota aceptable» —pensó Zacarías.
La mirada de Mauricio se tornó aún más profunda.
—A partir de ahora, ordénale a nuestros chóferes que la lleven de la puerta de su casa hasta la escuela en transporte privado todos los días, llueva o truene.
Zacarías: «...»
Nadie superaba a su jefe cuando se trataba de ser imponente.
Mauricio tomó sus cubiertos y continuó degustando los platillos.
—¿A qué familiar de Ana golpearon y en qué hospital se encuentran?
Zacarías se sorprendió.
—¿Desea hacerles una visita, señor?
Mauricio lo fulminó con la mirada.
—¿Crees que tengo mucho tiempo libre?
Zacarías: «...»
—Ella es quien faltó al examen y no cumplió su promesa. Es ella quien debería estar pidiéndome perdón de rodillas. ¿Acaso debería ir yo al hospital a ver cómo están? ¿Desde cuándo soy íntimo amigo de su familia?
«No es que sean íntimos, pero la preocupación en su rostro es bastante evidente, señor» —pensó Zacarías.
«Señor Mondragón, no pasa nada si hace una visita. Además de asombrar a la familia de la estudiante Ana, se aseguraría de que incidentes como este no vuelvan a ocurrir antes del ENIS. Así que no es que tenga tiempo libre, ¡todo es por el bien de la empresa!»
En ese momento, el teléfono de Mauricio sonó.
Zacarías estiró el cuello para curiosear y notó que el nombre en la pantalla decía «Pequeña astuta». Aunque se moría de curiosidad por saber quién podría tener ese apodo en los contactos de su jefe, notó de inmediato cómo la sonrisa de Mauricio se acentuaba, demostrando el buen humor que le causaba la llamada.
—Al menos sabe cuál es su lugar. Supo que faltó al examen y llama para disculparse formalmente.
¿«Pequeña astuta» era Ana?
¡Vaya apodo el que le había puesto su jefe!

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