Ana decidió tomar un taxi hasta el hospital, impulsada por una enorme curiosidad. Quería descubrir por qué exactamente la manipuladora madre de Julián Ledesma, quien siempre sabía aprovecharse de su padre, había terminado internada por un repentino dolor lumbar.
Al entrar en la habitación, Ana soltó una risa irónica. Todo era por dinero.
Se lo imaginaba. Una mujer tan tacaña como la madre de Julián jamás habría sacado tanto dinero de su bolsillo para que su hijo le comprara artículos de lujo a Ximena Jurado.
Así que se lo había robado.
Qué historia de amor tan conmovedora. En su vida pasada, Julián no dudó en asesinarla por Ximena, y en esta vida, estaba dispuesto a robarle a su propia madre por ella.
Todo un prodigio.
Ana apretó los puños a los costados de su pantalón escolar. ¿Qué tan ciega tuvo que haber estado para amar a ese imbécil durante tantos años?
—¿Qué dijiste? ¿A ver, repítelo? Julián Ledesma, ¿acaso quieres que te desconozca como hijo? ¿Vas a ir mañana a recuperar ese dinero o no? Incluso si ese fuera tu dinero, yo soy tu tutora legal y tengo todo el derecho de exigirte que lo devuelvas.
Beatriz tenía unos pulmones excelentes. Si uno no se fijaba bien, jamás imaginaría que estaba inmovilizada en la cama por un tirón en la espalda.
Mateo, conociendo perfectamente el carácter explosivo de Beatriz, se acercó para intentar calmarla.
—Ya está, ya pasó. ¿No habíamos acordado solucionar esto con calma? Mírate, estás postrada en una cama con dolor de espalda, ¿y todavía haces corajes?
Al escuchar esto, Beatriz se echó a llorar.
—¡Ay, Mateo, qué vida tan miserable me tocó! Lo crie con muchísimo esfuerzo desde que tenía seis años, y ahora que ya se cree muy hombre, me sale con que ese dinero es suyo y que no me meta. ¡Ah! ¿Cómo puede ser tan malagradecido?
Ana puso los ojos en blanco. Justo cuando su padre, con el corazón encogido por la culpa, extendió la mano para consolarla dándole palmaditas en la espalda, ella se interpuso, apartando a su padre hacia atrás.
—Doña Beatriz, mi papá tiene razón. Lo hecho, hecho está. Ya está en el hospital y no gana nada haciendo corajes. ¿No dijo que ya llamó a la policía? Deje que las autoridades se encarguen. Al fin y al cabo, usted es su tutora legal, exigir la devolución de su dinero es su derecho, y yo la apoyo completamente.
El rostro de Julián palideció al instante.
—¡Ana Nogales!
—Y, la verdad, esto no tiene nada que ver conmigo, lo que significa que tampoco tiene que ver con mi papá. Papá, vámonos. Si Julián ya se siente con el derecho de robarle a Doña Beatriz, seguro que también es capaz de cuidarla en el hospital. Usted ya ha hecho más que suficiente como vecino, y al final del día, no es de la familia. Evite chismes, vámonos de una vez.
Cuando Beatriz se recuperó, no le dio ni las gracias. Es más, se quedó con todo el dinero que el puesto de comida generó esos días. Cuando Ana regresó desesperada en tren, Beatriz le dijo cínicamente: "Ana, ¿por qué regresaste? La pierna de tu papá está bien. No te avisó porque no quería distraerte de la universidad".
Su padre era un hombre blando. Desde que conoció a Beatriz, albergaba la esperanza de que ella pudiera brindarle afecto maternal a su hija. Ana, en ese entonces, anhelaba lo mismo, pero la furia la cegó.
"Doña Beatriz, entiendo que esté ocupada con el negocio de día para pagarle los gastos a Julián, pero ¿por qué ni siquiera se asoma al hospital por las noches?", le había reclamado.
Beatriz, frente a la acusación, comenzó a llorar a mares: "¡Yo también quería ir en las noches! Pero estoy sola con el negocio y apenas me estoy recuperando de la espalda. Quise contratar a alguien, pero tu papá me dijo que aguantaría. Me pidió que solo le comprara pañales de adulto por si sus compañeros no estaban cerca para ayudarle".
"Ana, no es que no quisiera ayudar, pero tu papá y yo no estamos casados por el civil. Soy mujer, no se vería bien, ¿qué querías que hiciera? ¿Que dejara a Julián sin dinero? ¿Que no surtiera el negocio?".
Al recordar aquello, Ana sentía asco. Cuando su padre le limpiaba las sábanas y le pasaba el orinal, a ella no le importó "no estar casada" ni le preocuparon los chismes.
Pero a la hora de retribuir, no movió un solo dedo. De tal palo, tal astilla.
Julián había sido capaz de gastar treinta mil pesos en artículos de lujo para Ximena, pero no quería gastar un centavo en una enfermera para su madre, ¿y todavía planeaban usar la lástima para esclavizar gratis a su padre?
¡Sobre su cadáver!

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