Probablemente era la primera vez que Beatriz veía a alguien tan desvergonzado.
—¿Yo echándome para atrás? Escuincla insolente, ¿todavía quieres jugar sucio conmigo? ¿Cuándo te prometí algo? ¡Levántate ahora mismo! ¿Crees que por arrodillarte te voy a perdonar?
Beatriz definitivamente no la iba a perdonar.
—Fuiste tú, lagartona, la que embrujó a mi Julián para que se gastara treinta mil pesos en ti. Ese dinero nunca debió gastarse. Crie a Ana por doce años, y el dinero que más he gastado en ella no llega ni a doscientos pesos. ¡Qué bárbara eres, de un jalón treinta mil! ¿Sabes cuántos trastes tengo que lavar para ganar eso?
—¿No tienes dinero, verdad? Está bien. —Beatriz entró a la habitación de Ximena, abrió el armario y empezó a meterse en los bolsillos todas las cosas de valor, especialmente las joyas y las bolsas; ella sabía reconocer lo que costaba caro.
Ximena gritó a todo pulmón:
—¡Doña Beatriz, se lo ruego, no haga eso! Esas son cosas que me dejó mi mamá, por favor, déjelas.
—Doña Beatriz, Mena se lo suplica. Me arrodillo y le ruego. Pégueme o gríteme todo lo que quiera, pero por favor no toque esas joyas ni las bolsas.
Ximena se arrodilló suplicando. Como arrodillarse no era suficiente, también se cacheteó a sí misma, todo con el fin de que, cuando llegara Julián, viera cómo una vez más había fallado en protegerla.
Beatriz simplemente le dio una patada.
—Escuincla, ¿todavía quieres hacerte la víctima conmigo? Yo ya iba de regreso cuando tú apenas ibas de ida.
—¡Mamá! ¿Qué estás haciendo? —Llegó Julián, con los ojos inyectados en sangre, mirando incrédulo a su Mena, de rodillas en el suelo, suplicando y dándose cachetadas a sí misma.
¡Su madre de verdad se había pasado de la raya!
Beatriz se asustó; no esperaba que Julián llegara.
Pero no se acobardó.
—¡Vengo a cobrarle! Julián, no dejes que su actuación te engañe, es una cualquiera.
Julián le gritó:
—Me prometiste que si recibías el dinero del certamen, dejarías en paz a Mena.
—Sí, te lo prometí, pero eso fue para que te concentraras en el certamen. Julián, ¿por qué tenías que gastar treinta mil pesos en ella? Olvídate de Ana, ¡ni siquiera a tu propia madre le has dado un trato así! ¿Haciendo esto no crees que me partes el corazón?

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