Si no fuera por vengar a Lavi, jamás habría ocultado que era el hijo ilegítimo de la familia Espinosa. Mucho menos habría soportado estar a su lado, tragándose el orgullo para servirle como su “hermano menor”, fingiendo ser el perrito fiel que siempre estaba a sus pies.
—¿De verdad creías que me gustaba ser tu hermano? Te equivocas. Desde el principio, mi único amor fue Lavi.
—Me rebajé ante ti, me gané a tu familia, e incluso esas treinta veces que te salvé la vida… Todo fue para que te enternecieras, para que la familia Rosales bajara la guardia conmigo. Todo lo planeé yo solo, cada detalle.
—Aurora, no me culpes. Si tienes que culpar a alguien, culpa a los Rosales por haber destruido a la familia de Lavi. Si no fuera por ustedes, si no hubieran presionado tanto, la familia de Lavi nunca hubiera terminado deshecha, nunca se habrían visto obligados a abandonar su casa y vivir en la miseria, sufriendo humillaciones. Todo esto, todo, es culpa de los Rosales.
—Que tú sufras un poco por ella, no es nada.
Mientras hablaba, César le golpeó la pierna con más fuerza.
Aurora gritó desgarradoramente. El dolor le calaba hasta el alma, pero él no paró hasta destrozarle por completo los huesos de la pierna. Sus gritos se mezclaban con la rabia y la desesperación, y finalmente perdió el conocimiento.
Solo entonces, César se detuvo.
Después la arrojó en un pueblo infectado de ébola, dejándola ahí para que el virus incurable le carcomiera la piel y le arrebatara la vida poco a poco.
Cuando la abandonaron, las piernas de Aurora ya eran un desastre irreconocible. No podía levantarse. Solo le quedaba quedarse tirada en el lodo apestoso y lleno de basura, aferrándose al pantalón de César, los ojos inyectados en sangre, la voz llena de odio:
—César, cuánto debiste aguantar para fingir ser mi hermano fiel… Ahora te maldigo a ti y a Lavinia, que nunca encuentren la paz.
—Mi papá no te lo va a perdonar.
Al oír esto, el hombre, que ya mostraba señales de locura, abrazó a Lavinia —también protegida con un traje especial— y, de una patada, le volteó el rostro a Aurora, ahora cubierto de sangre y lodo. Pisándole el rostro, soltó una carcajada desquiciada.
—¿Todavía te atreves a maldecirme, Aurora? Déjame contarte algo: cuando tus papás supieron que te había mandado a África, tomaron el avión que yo organicé para buscarte.
—En este momento, ese avión ya explotó sobre el Atlántico. Desde ahora, la familia Rosales es de Lavi y mía.
—Aquí te vas a quedar, sufriendo el mismo dolor que la familia de Lavi soportó todos estos años, después de que ustedes los destruyeron.
¿Papá y mamá…? ¿Él los mató?
No… ¡No, por favor!
En ese instante, Aurora sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Sus ojos, ya lastimados y llenos de lágrimas, apenas le dejaban ver.
Había sido tan ingenua, creyó que César de verdad la quería.
Luchó por arrastrar su débil cuerpo hacia su hijo. Su pequeño, tan frágil, ni siquiera había abierto los ojos antes de morir por culpa de su madre ingenua.
El odio la consumía —tanto hacia sí misma como hacia César—, pero no podía moverse, sus piernas eran solo un amasijo de carne y hueso.
Aun así, trató de arrastrarse, pero cada vez que intentaba avanzar, la sangre infectada del cadáver empapaba sus heridas, causándole un dolor tan intenso que no pudo evitar romper en llanto. Al final, perdió tanta sangre que se desmayó.
Antes de caer en la inconsciencia, desde la puerta de la pequeña y oscura choza, apareció una silueta alta.
La luz de afuera lo recortaba, mostrando un rostro sereno que, al verla, se transformó en asombro por un segundo. Luego, la preocupación venció cualquier precaución, y sin hacer caso a su asistente —que le gritaba que se pusiera la máscara— corrió hacia Aurora, la levantó en sus brazos y salió a toda prisa.
—Auri, ¿dónde está nuestro hijo?
Su voz temblaba de rabia y dolor, aunque intentara contenerse.
Pero Aurora ya estaba inconsciente.
No podía escuchar nada.

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