Magdalena se encerró en el taller de diseño de "Solís Couture" y durante una semana, el lugar se convirtió en un torbellino de creatividad y trabajo febril.
Con los nuevos y lujosos materiales llegando de todas partes del mundo gracias a la logística de Camilo, Magdalena no solo tenía las herramientas para trabajar, sino la inspiración.
No era diseñadora de moda en el sentido tradicional. No sabía dibujar bocetos elaborados. Pero era una estratega. Y entendía algo que los antiguos diseñadores de la marca habían olvidado: la moda no se trata solo de ropa, se trata de vender una aspiración, un poder.
Reunió al joven y asustado equipo de diseño que había decidido quedarse, y en lugar de imponerles sus ideas, les hizo preguntas. ¿Quién es la mujer Solís? ¿Qué quiere? ¿A dónde va?
Los hizo pensar no en telas y costuras, sino en poder y ambición.
Ella misma, con la ayuda de un patronista, empezó a dar forma a sus ideas. Descartó los viejos diseños recargados y anticuados de la marca. Su visión era diferente. Líneas limpias, cortes atrevidos, siluetas que irradiaban confianza. Creó trajes de chaqueta que eran tan poderosos como una armadura, vestidos de noche que eran elegantes y sensuales sin ser vulgares, y abrigos que parecían diseñados para conquistar el mundo.
Era ropa para la mujer en la que ella misma se había convertido.
Trabajaba dieciocho horas al día. Comía en el taller, dormía siestas de veinte minutos en un sofá y se duchaba en el pequeño baño de la oficina. El equipo, contagiado por su energía y su visión clara, la siguió sin dudarlo. Se quedaron hasta tarde, cortando patrones, cosiendo prototipos, sintiendo por primera vez en años que estaban creando algo que importaba.
Al final de la semana, no tenían solo unos cuantos diseños nuevos. Tenían una colección completa. Coherente, moderna y espectacular.

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