La noche del evento, el aire de la ciudad crepitaba de expectación.
Valeria había superado todas las expectativas. Había conseguido la galería de arte contemporáneo más nueva y exclusiva de la capital. Las invitaciones, enviadas bajo el nombre de un misterioso "Colectivo M", se habían convertido en el objeto más codiciado de la élite de la ciudad.
Nadie sabía exactamente qué iba a pasar, solo que tenían que estar allí.
Magdalena, vestida con uno de sus propios diseños —un espectacular vestido negro de corte asimétrico que la hacía parecer una diosa de la guerra moderna—, supervisaba los últimos detalles tras bambalinas.
Las modelos estaban listas. La música estaba a punto. La iluminación era perfecta.
Justo en ese momento, su nueva jefa de relaciones públicas, una mujer inteligente y nerviosa que había contratado la semana anterior, corrió hacia ella con una tablet en la mano, con el rostro pálido.
—Señora González, tenemos un problema. Un gran problema.
En la pantalla de la tablet, los titulares de los principales blogs de cotilleos y algunos tabloides de segunda fila gritaban escándalo.
"¿La nueva heredera Solís usa materiales de contrabando?"
"Fuentes internas de Solís Couture denuncian calidad inferior en la nueva colección"
"El desesperado intento de Magdalena Solís por salvar la marca en ruinas"
Era un ataque coordinado, burdo y claramente orquestado por Rodrigo. Un último y patético intento de sabotearla, de manchar la reputación de la colección antes de que nadie pudiera verla.
—Está intentando envenenar el pozo —dijo la jefa de relaciones públicas, al borde del pánico—. ¡Esto es un desastre!
Magdalena leyó los titulares. No se inmutó.
—No es un desastre —dijo con una calma que sorprendió a todos a su alrededor—. Es un regalo.
Miró a su equipo.

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