Emilio sonrió y acarició la cabeza de su hija, con una mirada llena de ternura.
—Entonces, voy a hacer lo posible por regresar temprano y cenar contigo.
Durante todo este tiempo, Emilio había llegado a conocer el carácter de su hija a la perfección. Sabía que, en el fondo, era una niña bastante complicada y, a su manera, difícil de complacer.
Ambos platicaron un rato más, hasta que Vanessa, de repente, le lanzó una pregunta que lo tomó por sorpresa.
—¿Tú y Francisco se odian?
Aunque aquel día en el hospital habían discutido fuerte por su culpa, Vanessa no creía que su presencia fuera el detonante suficiente para que terminaran peleando de esa manera.
Emilio la miró, desconcertado.
—¿Por qué preguntas eso de repente?
Vanessa no quiso dar demasiadas explicaciones.
—Yo… solo quiero saber.
Al darse cuenta de que su hija era mucho más lista y perspicaz que otros niños de su edad, Emilio solía tratarla como a una igual cuando conversaban. Por eso, no pensó en ocultarle nada.
—En su momento, Francisco tuvo un accidente de auto y quedó en silla de ruedas. Él piensa que fui yo quien provocó ese accidente, y por eso me odia.
Vanessa lo miró muy seria.
—¿Y por eso quiso hundir al Grupo Leyva?
Emilio se sorprendió.
—¿Cómo supiste eso?
—Lo investigué —contestó ella sin dudar, decidida a no ocultarle nada.
Luego siguió preguntando.
—¿Pero sí fuiste tú quien lo hizo?
Emilio negó con la cabeza, su expresión se volvió solemne.
—No. Él es mi hermano. Jamás se me ocurriría hacerle daño.

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