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Rosas Renacidas con Espinas romance Capítulo 247

Desde que la familia Barrera se marchó, Vanessa recibió la noticia de que el Grupo Leyva iba a convocar una asamblea de accionistas.

Francisco también asistió.

Vanessa tenía un mal presentimiento que no se le quitaba del pecho.

No se atrevió a perder tiempo y fue corriendo al Grupo Leyva. Justo al llegar, vio a Emilio firmando el contrato donde renunciaba a su puesto como presidente del Grupo Leyva.

Vanessa presenció la escena desde la puerta, se le transformó la cara y, sin pensar, fue corriendo a arrebatarle la pluma a Emilio.

—Vane, ¿qué haces aquí? —al verla, Emilio se sorprendió, aunque más que nada se sentía avergonzado.

Era humillante que su hija lo viera en una situación tan lamentable.

Pero Vanessa no mostró ningún gesto de ternura ni de enojo, solo lo miró de frente y pronunció con calma y firmeza:

—No puedes firmar.

Emilio le acarició la cabeza a su hija, forzando una sonrisa amarga.

—Vane, todavía eres muy joven, no entiendes. Solo si renuncio podré salvar el Grupo Leyva. Si no firmo, la empresa se va a la quiebra.

—Te digo que no puedes firmar y punto —la voz de Vanessa no tembló ni un segundo mientras lo miraba directo a los ojos, tan obstinada como nunca antes.

En ese instante, en la mirada de Vanessa se podía ver claramente el cariño y la preocupación que sentía por Emilio, aunque ni ella misma parecía darse cuenta.

Francisco observó la escena sintiendo que le ardía la garganta de la incomodidad.

Entre él y Emilio no había manera de que las cosas pudieran arreglarse, pero Vane era la hija de Emilio.

Pensó que, después de todo el daño que le había hecho a su papá, ella debía odiarlo con todo su ser.

Francisco bajó la vista y dijo, esforzándose por sonar tranquilo:

—Vane, si sigues con Emilio solo vas a pasarla mal. Mejor ven conmigo, tío Francisco. Todo lo que tengo será tuyo en el futuro.

Apretó los labios y no se atrevió a ver de frente a Vanessa, temiendo encontrar en sus ojos algún rastro de desprecio o incluso de odio.

Vanessa, por su parte, no tenía claro cuál era la postura de Francisco hacia ella, así que su voz salió tan distante como una pared de concreto:

—Conmigo aquí, Emilio no va a sufrir.

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