—Antes de que te pasara lo que te pasó, Tomás y él ya tenían movimientos de dinero entre sus cuentas. Su hija necesitaba dinero para el tratamiento, llevaba años esperando un corazón compatible, pero nunca lo conseguía. Justo el mismo día que a ti te ocurrió el accidente, en la mañana, resulta que su hija por fin consiguió el donante ideal. ¿No te parece demasiada coincidencia? —Vanessa fue directa mientras sacaba del bolso los estados de cuenta impresos de Tomás y del chofer, y los puso frente a Francisco.
—¿Tomás? ¿Cómo es posible? —Francisco se quedó mirando los movimientos bancarios, y el color se le fue del rostro, tan pálido que parecía estar a punto de desplomarse.
Tomás había sido su amigo de toda la vida, el único que, después de quedar en silla de ruedas, aún se atrevía a visitarlo y platicar como antes.
Francisco apretaba con fuerza aquellas hojas impresas, la rabia y la decepción se le dibujaban en la cara con cada línea que leía.
La verdad dolía, pero tarde o temprano, tío Francisco tenía que enterarse de lo que realmente había pasado.
Vanessa conectó una memoria USB y puso el último video.
Era una grabación de la sala de la familia Barrera, captada por la cámara de seguridad. Tomás estaba recargado en el sofá, con las piernas cruzadas y una expresión relajada.
Junto a él, sentado en el borde del sillón, estaba Lázaro.
Tomás miró a Lázaro con una especie de reconocimiento en la mirada.
—Lo hiciste bien. Todo esto es tu recompensa.
Mientras hablaba, Tomás empujó hacia Lázaro una caja repleta de billetes.
Lázaro apenas miró la caja. No la tomó de inmediato.
—Yo solo quiero que mi hija reciba el trasplante de corazón que necesita. No quiero ese dinero —le contestó, firme, sin titubear.
Tomás soltó una carcajada, burlón.

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